Antes de la nueva cumbia, de la generación paraíso del pop, del boom de los cantautores, de la escena electrónica y de la hegemonía urbana en la música popular… Antes de cualquier corriente en boga en este siglo, cuando alguien quería hacer un retrato musical básico de nuestro país, aparecían conceptos que apuntaban siempre en una misma dirección: Aquí éramos depresivos, nostálgicos, tristes, decían.

Canciones como “Déjate caer”, de Los Tres, fueron emblema de esa condición en toda Latinoamérica, y un ejemplo gráfico de esto lo dio Lucybell, ad portas de lanzar su tercer disco y el último como cuarteto. En una entrevista en 1998, los músicos contaron que ejecutivos extranjeros de EMI se sentaron junto a sus pares chilenos en una misma sala, para escuchar algunas canciones de ese álbum homónimo, hoy conocido como el “disco rojo”.

“Ésta es nuestra gran apuesta en Chile”, dijeron los nacionales antes de apretar play. Terminada la sesión, un comentario rompió el hielo: “Con razón Radiohead es disco de platino allá”, acotó uno de los foráneos.

Y era cierto. Hasta entonces, con tres álbumes en estanterías, no es que los hombres de “Creep” fueran una máquina a la hora de canjear sus ventas por oro o platino, y de ahí que las plazas en que ello ocurría fueran claramente identificables.

Chile estaba en la lista, tejiendo desde ya un lazo que en 2009 probaría su solidez, con los británicos agotando en tiempo récord un primer show en la Pista Atlética del Estadio Nacional, para terminar sumando otro en el mismo recinto. Total, cerca de 50 mil personas; 25 mil cada noche.

Será que las canciones de Radiohead andan siempre por ahí, interpretando aquello que está escondido en algún rincón de nuestra memoria. Será que emergieron justo en momentos en que aquí comenzaba a asomar la luz, aunque no lo suficiente como para contrarrestar la oscuridad a la que pretendieron acostumbrarnos. O será, simplemente, que no pudimos permanecer impávidos ante trabajos de excelencia, sobre todo los facturados en ese decenio avasallador que va de 1997 a 2007, y que terminaron por elevar al grupo a la estatura de clásico.

Quizás ya no son la banda sonora de tormentos, penas, caídas, vacíos, u otros territorios de nuestra fase de ubicación en el mundo. Quizás nunca lo fueron. Pero es imposible no conectarse con emociones como ésas, viajar hacia dimensiones ocultas o paralelas, cuando suenan acordes de su factura.

No menos que eso esperamos para el próximo 11 de abril en el Estadio Nacional, el reto mayor de Thom Yorke y compañía por estos lados. Las crónicas y estadísticas internacionales desde ya adelantan un recorrido por sus éxitos con margen para sorpresas, más espacios para piezas de “A Moon Shaped Pool”, disco que en sí mismo es una radiografía a sus diversas etapas (gracias a su composición en base a retazos almacenados a lo largo de su historia).

La tierra, entonces, parece estar una vez más sembrada para los seguidores locales de Radiohead. Ahora sólo queda esperar que llegue el día de la cosecha.

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