Las cosas en la música latina contemporánea fácilmente pueden tener una era a.D. y otra d.D. Es como si el 12 de enero de 2017 hubiera comenzado un nuevo calendario, un nuevo paradigma, como si otra inédita figura omnipresente hubiera llegado de pronto a ubicarse en el eje que mueve al mundo, con todo lo que eso significa: Amor, odio, veneración, oposición, costumbre, hastío, resignación, o la más absoluta ausencia de cuestionamientos, simplemente porque está ahí, como están el día y la noche, y no hay nada que podamos hacer al respecto.

“A.D” y “d.D.”, por cierto, es antes y después del “Despacito”, esa canción insoportablemente pegadiza que Luis Fonsi estrenó ese día de enero, sacudiendo al planeta. Esto último es literal, y es cosa de meterse un rato a YouTube para comprobarlo. Lo interpreta un tipo en el metro de Madrid, unos austriacos en un vagón de Viena, cantantes vietnamitas, africanos, además de los famosos italianos que bien reflejaron la mecánica del tema: Se le puede amar u odiar, pero jamás obviar. El “Despacito” siempre está ahí, y te persigue como tu propia sombra.

Los registros de la canción también son decisivos al respecto. En la misma plataforma de videos, el anterior fenómeno planetario, “Gangnam style”, se transformó en el clip más visto de la historia tras superar las barreras de los mil y dos mil millones de reproducciones. La marca fue tan relevante que se mantuvo imbatible por cinco años, hasta que llegaron Fonsi y Daddy Yankee para pulverizarla: En diez meses, acumulan 4.300 millones.

Lo mismo ocurre con el Billboard. En esta lista particularmente gringa, “Despacito” logró igualar el récord de 16 semanas en el número uno que desde los 90 ostentaba Mariah Carey, además de dejar atrás el registro de 14 semanas para una pieza en español, que había anotado “La Macarena”.

Y es precisamente esa canción de Los del Río la que puede darnos señas de lo que sucederá con el hit de Fonsi de ahora en más: Disfrutar de un boom relativamente extenso (las dosis actuales de rotación se mantendrán al menos por una temporada más), para luego pasar a formar parte del elenco estable de temas bailables con impacto transversal. Ésos que se dejan caer en cualquier momento o circunstancia, en fiestas de corbata o guayabera, animadas por niños, jóvenes o adultos.

Es decir, una canción comodín o, en términos directos, un clásico de matrimonio, que miles seguirán escuchando y saltando a bailar con tanto entusiasmo como majadería, aunque ya lleven 25 años en lo mismo y la escena adquiera ese enfermante aire de déjà vu.

Por eso, antes de seguir maldiciendo, más vale reconocer que lo de Fonsi es un mérito excepcional, que el puertorriqueño atrapó el rayo divino que le permitió fabricar una auténtica llave maestra, y asumir de paso que lo mejor es acostumbrarse, porque la visa del “Despacito” indica residencia definitiva. No por dos, cinco u ocho temporadas, sino por los siglos de los siglos…

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