Si los modelos referenciales fueran las grandes premiaciones del mundo, la norma a seguir sería clara: alegría, color, fiesta, humor. No por nada los presentadores del Oscar alternan entre figuras como Jimmy Kimmel, Chris Rock y Ellen DeGeneres, quienes se plantan ante un teatro Dolby siempre muy bien iluminado.

Por el lado de los Grammy, en tanto, las últimas fiestas las comanda James Corden, uno que se dedica a despeinar a todas las figuras de la música a bordo de su “Carpool Karaoke”, y que allí se encarga de presentar a estrellas que dejan todo en la tarima con tal de que su paso quede marcado. El que gana, lo celebra y lo grita.

Pero con nuestro propio Grammy, porque eso son los Pulsar, parece no haber caso. Está su irrebatible legitimidad, hay respaldo y transparencia, un trabajo serio por parte de la SCD para tener por fin un galardón ajeno a cualquier sombra. Pero llegada la hora de entregarlo, todo aquello se ve opacado por la languidez de una ceremonia tironeada y espesa.

Eso es lo que principalmente vimos la noche del jueves 14 a través de TVN, ocasión en que se entregaron los galardones más resonantes de esta premiación (otros habían sido entregados el martes en la SCD de Plaza Egaña). Una ceremonia quizás pensada en tratar a las artes musicales con el respeto que éstas merecen, enalteciéndolas y venerándolas, pero olvidando que esto también es una fiesta, y que transmitida por televisión tiene por objetivo capturar cuantas atenciones sea posible.

Pero, tratándose de los Pulsar, a ratos pareciera que la televisación no es el medio, sino el fin. Que una vez expuesta la ceremonia en pantalla se ha cumplido con la tarea, y que la resonancia que esa transmisión tenga no es algo que debería preocupar.

Error. No se le hace un favor a la música local sólo dándole minutos de TV, sino ubicándola en un andamiaje televisivo que verdaderamente sirva para lograr el objetivo de llevarla a nuevas audiencias, expandirla y resaltarla.

Pero ello difícilmente puede lograrse si tanto los anfitriones como la comunidad musical, el alma de esta ceremonia, no se ponen a disposición de ese norte. En los Pulsar 2018, tal como en los anteriores, hubo penumbra en lugar de luz, los galardonados no sonreían ni se emocionaban, los looks fueron los de una instancia cualquiera, y en el público en el estudio primó la dejadez antes que el entusiasmo.

Pasaron por el escenario canciones rítmicas, pero abajo no hubo quien se compenetrara con ellas. La conducción, en tanto, rica en datos y en engrandecimiento, pero pobre en alegría y brillo. Las presentaciones de categorías, un festín de lugares comunes.

Ojalá aquello cambie en próximas ediciones. Ojalá se entienda que la música no sólo es sacralidad y trascendencia, sino también alegría y rebeldía, comunidad y celebración, estelaridad y prominencia. Que las premiaciones son instancias excepcionales, y que la gente en sus casas quiere ver precisamente esa excepcionalidad a través de la pantalla.

Si no, mejor hacer un cóctel y enviar luego un comunicado de prensa, pero lo cierto es que los Pulsar no merecerían un destino como ése: En sólo cuatro entregas, han logrado un potencial y una valía que es menester cuidar y seguir proyectando, de la mano de una premiación a la altura y no de un cacho televisivo.

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