El paisaje de la audiencia en un concierto pop ha cambiado significativamente en los últimos sesenta años —celulares a cambio de antorchas; más bebidas isotónicas que cigarrillos; pésimos videos de aficionados en rodaje— a excepción de un ingrediente inalterado: los chillidos. Estaban ahí en los cincuenta, frente a Frank Sinatra y Elvis Presley, luego en los auditorios que alcanzaron a pisar los Beatles y en los teatros a los que accedía el Pollo Fuentes, y han seguido luego en cada década, amplificando la experiencia de modas sucesivas llevadas a shows en vivo para el deleite de masas histéricas. En las próximas cuatro semanas, entre Santiago y Viña del Mar, al menos los recitales de Juan Gabriel, Ricardo Arjona y Michael Bublé se elevarán varios decibeles por encima de la amplificación de los parlantes por el aporte que al respecto haga el ensanchamiento de la caja torácica de sus fans.

“¿Por qué gritan? ¿Por qué tanto?”, se pregunta en el Washington Post un cronista enfrentado hace poco a las seguidores de One Direction. “Porque es energía, porque es excitante, porque todas ahí lo hacen”, le responde en la nota un productor de oficio. Quizás haya razones más inmediatas: el contrato implícito entre intérprete y fan acuerda que cuando no se puede tocar, se chilla. La emisora se libera así de una ansiedad parcialmente erótica, y el receptor se afirma en una medida de aprobación que quizá le incomode, pero cuya ausencia se le haría extraña. Tiene que ver, también, con licencias exclusivas a un contexto. Como en la celebración de un gol, el desbande frente a determinados espectáculos está permitido. Es parte de la dinámica, si bien no todos los chillidos pueden ser iguales. Asómese usted por un concierto del grupo Ases Falsos, la apuesta de pop con guitarras y versos agudos quizá más interesante hoy en Chile (busque antes su muy recomendable último disco: Conducción). El que enfrenta el grupo es un chillido alternado entre coreos, arengas y frases de admiración unisex. Es el grito de aprobación generacional hacia un tipo de música urdida para la identificación de quien confía en un canto no banalizado. Porque, sí, también está el chillido pensante.