Los grupos The Ganjas, Cómo Asesinar a Felipes y Niño Cohete, y el cantautor Cristóbal Briceño (Ases Falsos) son algunos de los que consideraron que presentar su música dentro de una cajita de plástico de 11 por 6,5 centímetros le daba a su oferta cancionística algún tipo de distinción. Este mes, la reedición del primer disco de Los Prisioneros, La voz de los 80 (1984), considera también una partida en cassette, además de CD y vinilo. Dos sellos locales, No Problema Tapes y Etcs Records, editan actualmente música en cintas, convencidos de su relación virtuosa entre sonido, costo de fabricación, y ventajas en gráfica y transportabilidad. Graban y copian sus publicaciones con equipos importados, y los venden en ferias especializadas y tocatas. Quien compra debe haber guardado con celo su radiocasetera: según una nota en el diario La Tercera, hace cinco años las multitiendas dejaron de venderlas.

No se trata, por cierto, de un renacer sólo local. Las ventas de cassettes van en alza también en Estados Unidos, con aumentos significativos en ediciones y en el interés por ellas. Hace dos años, en septiembre, se celebra allí y en Inglaterra el “Cassette Store Day” pues, sí, ya hay tiendas especializadas en el formato. No faltan los músicos independientes dispuestos a sumarse a las celebraciones. MGMT, Julian Casablancas, Flaming Lips y Animal Collective han publicado cassettes de edición limitada en los últimos quince meses. Y si la baja en la venta de CDs es ya irremontable —¿cuándo fue la última vez que usted se compró uno?— el músculo tonificado de la retromanía instala hoy un invitado inesperado en las esperanzas de la industria. La nostalgia en la música no surge sólo frente a estéticas o géneros, sino también a formatos. Saber verlo es un asunto de negocios.