“Cuando escribo un tema, en algunas ocasiones escucho la voz de John. Si por ejemplo estoy en un atasco creativo, me pregunto ¿qué habríamos hecho aquí? Entonces puedo oírlo claramente. No hablo en sentido figurado: realmente escucho la voz de John”, admitió Paul McCartney hace algún tiempo en la revista Time, demostrando la potente unión que mantuvieron los líderes de una de las bandas de rock más exitosas de todos los tiempos. Tanto así, que a 33 años de la muerte de Lennon —asesinado el 8 de diciembre de 1980 en las afueras del edificio Dakota en Nueva York— Paul McCartney reconoce seguir conectado con su compañero, como si todavía escribieran codo a codo las canciones que los catapultaron a la fama, reconocidos en el mundo entero como The Fab Four, tomando en cuenta que la banda también la formaban Ringo Starr y George Harrison, pero ésa ya es otra historia…

Mucho más que un par de roqueros exitosos, perseguidos por los fans y los periodistas, ya antes, mucho antes, Paul y John fueron amigos. O, más que eso, prácticamente hermanos, unidos por una historia común que los convirtió en inseparables, indivisibles a pesar de las diferencias que los fueron distanciando en la medida que el éxito los arrasaba, y la necesidad de diferenciarse y hacer una vida más allá de The Beatles no terminara por alejarlos. Si tal vez John no hubiese muerto, otra habría sido la historia. Quién sabe si se habrían vuelto a juntar.

Si tal vez John no hubiese muerto, otra habría sido la historia. Quién sabe si se habrían vuelto a juntar.

“Eso es seguro. No trascendió mucho en la prensa de la época, pero en 1976 John se contactó con Paul y le pidió que volvieran. Cuenta la leyenda que se vieron y que salieron a carretear por Nueva York, ambos disfrazados”, relata el ingeniero Francisco Olavarría, autor de la idea original que dio cuerpo a Paul y John, la obra que ahora se presenta a teatro lleno en Mori Parque Arauco, y que precisamente trata de la relación de amistad entre estos dos genios de la música.

“Más que amigos, ellos eran como hermanos”, asegura Mariana Muñoz, directora de esta puesta en escena y quien califica a The Beatles como la banda sonora de su vida. Para la realización de la obra se enfocó junto al resto del equipo a investigar cada detalle de la historia entre estos ingleses hasta llegar a una conclusión común: que fue la tragedia familiar, los deseos de fama y, por cierto, la música, lo que hizo de Paul y John una pareja emblemática.
“La madre de John, Julia, lo dejó cuando él era muy niño; ella era irresponsable y se dedicó a hacer su vida. Fue su hermana Mimi quien se encargó de él, convirtiéndose en una verdadera madre: le ponía las reglas y lo educó. A Julia también la veía, pero más que una mamá, era como su amiga: ella le enseñó el rock and roll; le regaló un banjo y le enseñó a tocarlo. Fue fundamental en su relación con la música. Murió atropellada justo cuando iba a ver a su hijo. Entonces John tenía sólo 14 años y eso lo marcó”, relata Mariana Muñoz.

En ese tiempo John recién conocía a Paul, quien coincidentemente había perdido a su mamá —de cáncer de mamas, el mismo mal que después se llevó a su segunda esposa, Linda— tan sólo un año antes. Eso los hermanó, los unió con un lazo secreto e indivisible, profundamente poderoso.
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Lennon, un muchacho inquieto, rebelde y un poco tímido, era un adolescente cuando formó su primera banda: The Quarrymen. En Liverpool, un pueblo portuario y obrero al noroeste de Inglaterra, encontrar aficionados a la música no era tarea fácil; pero alguien le habló de un muchacho que tocaba bien la guitarra y a quien debía conocer: era Paul McCartney. La química fue inmediata y ese mismo día éste se unió a la banda; Paul se sorprendió porque pese a su corta edad John ya tuviera un grupo; y Lennon quedó impresionado al ver que Paul conociera muy bien a los mejores rockeros y artistas del otro lado del Atlántico (Everly Brothers, Elvis Presley, Buddy Holly y Little Richard) y, detalle no menor, también supiera afinar guitarras. Sus primeras composiciones fueron realizadas en la casa de McCartney en 20 Forthlin Road y en la casa de Mimi —la tía de Lennon— en 251 de Menlove Avenue.

Después de The Quarrymen vinieron Johnny and the moon dogs, Johnny and the silver beetles y, finalmente, la agrupación que los lanzó desde un lugar ignoto como Liverpool, a ser conocidos en todo el mundo: la beatlemanía había comenzado.

En tan sólo seis años (la banda duró desde 1963 a 1969) junto a Starr y Harrison llegaron a editar más de una docena de discos y un total de 180 canciones, todas firmadas con el famoso crédito Lennon-McCartney. Escribían juntos.
“Es heavy lo que pasaba entre ellos —asegura Francisco Olavarría—. Se necesitaban mutuamente. Componían un éxito tras otro. Para la obra tuvimos que dejar más de 100 canciones fuera, una locura”.

Después de The Quarrymen vinieron Johnny and the moon dogs, Johnny and the silver beetles y, finalmente, la agrupación que los lanzó desde un lugar ignoto como Liverpool.

Algunos afirman que en realidad nunca escribieron codo a codo sino que cada uno hacía sus propios temas. Cierto o no, en la práctica funcionaban como uno solo. A veces uno hacía los primeros bosquejos y el otro los terminaba. Otras, combinaban dos ideas individuales en una sola canción. Cuando Paul compuso Hey Jude (dedicada al hijo de John, Julian, quien en ese momento sufría por el divorcio de sus padres) éste quiso cambiar algunas melodías, pero Lennon lo frenó en el acto y le dijo: “Estás loco, déjala tal como está. La canción así suena perfecta”.

Aunque también tuvieron desacuerdos sobre la autoría de algunos temas, como In my life, Eleanor Rigby y Ticket to ride. Tal vez fue la señal, el signo de que el tiempo los iba distanciando. Los dos adolescentes que alguna vez se conocieron en Liverpool, con tanto en común, ahora eran dos hombres hechos y derechos, cada uno clamando por diferenciarse. Sobre todo John, quien no se sentía para nada cómodo con el éxito y veía a la banda más que nada como una máquina de hacer millones, en vez de un instrumento para transmitir mensajes de paz justo cuando la guerra tenía en vilo al mundo.

“Los unió una ambición común: la fama; los dos querían ser reconocidos por su música, salir del hoyo que era Liverpool, pero la popularidad, las mujeres gritando, el no tener vida privada, los fue polarizando”, dice Mariana Muñoz, desmintiendo de paso que Yoko Ono haya sido la causante de la separación de la banda.
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Con todo, en 1970 la revista Rolling Stone realizó una serie de largas entrevistas a John Lennon. Ahí, el cantante reconoció: “Nos hartamos de ser sesionistas de Paul”, dijo sobre el fin de la banda, admitiendo que el quiebre comenzó a gestarse tras la muerte de Brian Epstein, el mítico manager de la banda, en 1967. “Esa fue la desintegración”.

Pero cuando la amistad se funda durante la niñez y, en especial, la adolescencia, no hay distancia ni quiebre que se vuelva permanente. No hay vínculo más fuerte que descubrir el mundo juntos, saborear a la par el dulce sabor del éxito, la historia compartida. O como lo reconoció en una entrevista Paul: “Después de cualquier cosa mala que John me dijera, al final se bajaba los lentes y siempre me decía te amo. Y eso es en lo que creo, a lo que me aferro; lo demás no importa”.