Parece que escribiéramos una perogrullada, pero en la práctica nunca lo es: Gustavo Cerati era un fanático de la música. Tenía la curiosidad del melómano, la aplicación del coleccionista, la frescura y desprejuicio del cazatendencias, la minuciosidad en la técnica del ejecutante inspirado por sus héroes. No es siempre la norma entre los cantautores. Lo frecuente, lo fácil, es dejarse arrastrar por un cauce cómodo; menos o más hondo, pero reconocible.

Quizá por eso, en estos días de despedida ha emergido el respeto transversal por el legado de un hombre que enfrentó muchas veces el prejuicio pequeño de quienes ven frivolidad en las mentes atentas a la tendencia. El músico que elige tributar un género ya asentado tendrá siempre el aplauso de los nostálgicos, de los conservadores, de quienes supeditan la idea al molde (y que incluso bajo raros peinados nuevos son legión). El explorador, en cambio, sabe que en cada nueva adopción —y el término no es ningún pecado en el pop, al contrario— arriesga el error del que ensaya, e incluso así prefiere esa incorporación, al remedo. Queda para el debate subjetivo cuándo y cuánto se equivocó Cerati en esa tarea que le tomó la vida, pero sus innegables aciertos —aun más meritorios por haberse combinado con la autoimposición de lo masivo y de sus códigos, y de una incamuflable vocación de elegancia— son los de un creador excepcional. 

Si en estos días incluso sus oponentes históricos, como el Indio Solari (Redonditos de Ricota), han acusado recibo del golpe irremontable para la música latinoamericana, es porque el tiempo consiguió despejar las sospechas contra las cuales avanzó alguien a quien el éxito en casi todos los planos no consiguió acomodar en la autoindulgencia. La muerte de un autor famoso se amplifica por tantos medios que impone un suspiro unánime que no hay por qué confundir con la admiración. No se trata de subir hoy a la ola del entusiasmo por la discografía de Soda Stereo (ya tan recurrida) y de Gustavo Cerati (tan abierta aún a descubrir), también a quienes discreparon de sus métodos u opciones estéticas, sino de apreciar la contundencia inapelable de un legado que es finalmente el de una forma de trabajo. Búsqueda, ensayo, acierto. Todos tenemos algo que aprender de esa secuencia inspirada.