Que en nuestra sociedad hay visos de clasismo, arribismo, racismo y xenofobia, no es cosa nueva. Hasta hay estudios académicos al respecto, encuestas de percepción, y ni hablar de lo visto a propósito de la ola migratoria de la que somos parte. Por cierto, se trata de patologías particulares, pero que tienen un origen en común: Los prejuicios.

Históricamente, la música no ha estado ajena a ello. Hasta hace no mucho tiempo, los raperos eran tachados sin más de patos malos, los metaleros de violentos, los new wave de “raros”, y así hasta nuestros días, cuando otros géneros han tomado el relevo en este continuo del recelo.

El reggaetón y sus derivados son auténticos símbolos al respecto. Sus detractores lo tildan de cuma, flaite, chano, o cualquier otro epíteto de la familia del clasismo, que no es otra cosa que mirar con desconfianza o desprecio a quienes se supone situados en un casillero inferior de la escala socioeconómica. Apuntar a un género musical bajo esta lógica, por tanto, es apuntar también al grupo humano con el que se lo asocia.

Un ejemplo reciente de esto lo dio un pariente cercano, el trap de Bad Bunny. Dos bulladas trifulcas marcaron la última visita del puertorriqueño a Chile, y la explicación para varios fue directa: Qué otra cosa esperar de este estilo y este público… Y sobre todo si hablamos de una vertiente especialmente frontal a la hora de retratar los bajos fondos (como si el rock, el hip hop y hasta la cantautoría no lo hubieran sido antes).

Pero eso, como todo juicio emanado de un mundo en blanco y negro, sólo puede encerrar trampas. En este caso, la de apuntar sin más a artista y seguidores, el blanco preestablecido, dejando de lado otros factores que completan la escena en esta historia. Por ejemplo, que el cantante realizó ocho conciertos en Chile, y que seis de ellos terminaron en la más absoluta normalidad; que la real ocurrencia de la difundida balacera en Espacio Broadway, nunca pudo ser demostrada; o que el desmadre en Ritoque partió por una tarima que no soportó el peso del público, y se vio avivado por la venta de alcohol. Es decir, decisiones de organizadores que resultaron determinantes.

Pero haber transparentado aquello, probablemente habría arruinado un relato compatible con nuestros miedos y resquemores. Hablar de un momento de confusión colectiva, nos impediría insistir en la balacera que nunca ocurrió. Reconocer que los “jugosos” se han dejado caer en todo tipo de evento, le restaría potencial problemático al reggaetón y sus parientes. Referirnos a esos asistentes como descontentos o desconcertados, no nos dejaría tipificarlos sin más como flaites.

Porque de eso se trató, finalmente, de “flaitear”, algo que también parece haber ocurrido con los comentarios peyorativos, el pasmo y la indignación que una parte de los fieles de Lollapalooza expresó tras la confirmación de Damas Gratis, en el cartel 2018.

Algunos podrían alegar sorpresa por toparse con exponentes de un género en apariencia disonante con el perfil del festival. Pero no: Son cumbieros, tal como lo eran Chico Trujillo, JuanaFé y Villa Cariño, entre otros que antes han pasado con éxito por Parque O’Higgins. La cosa, entonces, a todas luces no iba por ahí, sino por un rechazo particular hacia lo que representa un grupo que habla desde los márgenes, y que aquí se ha transformado en banda sonora de guetos y barrabravas.

Y por qué no: La música es un vehículo para muchas cosas, y dar cuenta de las realidades es una de ellas.

Pero antes, la música también es sólo eso: Música. Melodías, notas amarradas a un ritmo para que circulen libres, y que como tales podamos disfrutar sin distinción. Sin reparar en clases, aceptando que en su espacio cabemos todos, y que el derecho a apreciarla no se pide, no se niega ni se otorga. Simplemente está ahí, para quien lo quiera ejercer.

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