Han pasado casi tres décadas desde que el mundo dijo adiós a The Smiths: una suerte de bomba que no alcanzó a ser destructiva. Porque Morrissey, tal cual buen padre, no dejó hijos huérfanos. Tras el quiebre, y en solitario, ya van 27 años de trabajo y melancolía musical. Desde su trinchera, los tours han copado su agenda y reconoce que a sus 56 años mantiene una energía de debutante a raya. Si no hubiera sido músico, nos cuenta que habría experimentado la muerte en vida. “A veces sientes una vocación tan fuerte que no te cabe en la cabeza la idea de hacer otra cosa”.

Los comentarios agudos, su lengua de metralleta, tienen sus orígenes en la conservadora Inglaterra “Tatcheriana” que lo acompañó desde sus primeros acordes. No por nada lideraba una banda que según la revista NME, lanzó el mejor disco de todos los tiempos: The Queen is dead, se llama curiosamente.

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¿Qué es lo más difícil de su país?, entonces le preguntamos y responde sin mordaza: “¡Tiene una monarquía que se elige a sí misma!”, dispara. Y lo peor: “Se ven y suenan como nazis”. Este año, con la celebración de los 63 años de Isabel en el trono, superando a la ultraconservadora Victoria, “las cosas han sido horribles… Lo único que ha hecho la reina es ayudarse a sí misma”.

Y es que Steven Patrick Morrissey, oriundo de Lancashire, es de esos artistas que no da su brazo a torcer. Así como hace un par años se bajó del escenario de Coachella cuando sintió olor a carne asada, insiste en no bajar la guardia. ¿Cómo serían entonces los paraísos ‘Morrisseyanos’?, insistimos. “Imagino un lugar con justicia social, sobre todo con los animales, un lugar donde la muerte no tenga que ser la respuesta final. Si hay un Dios, o muchos, me gustaría que intervinieran en la tierra con los milagros que los hicieron famosos”.

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En el plano personal también construye paraísos. “No imagino otra cosa que no sea la realización personal en el amor, que para mí ha sido mucho pedir”. Hace un tiempo, en una web de fans se declaró ‘humanosexual’, un amante de la humanidad más allá del género y los roles. Como si fuera un tejido de emociones, también habla de Chile y de cómo advierte que en este país “la gente se toma la música en serio”, remata el implacable del jopo eternamente levantado.

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