Incluso en estos tiempos de sobreinformación, cada vez que el estatus de un artista sufre cambios muy radicales, inexorablemente hay una parte de la historia que parece quedar extraviada.

Es como si todo hubiera comenzado con el estallido, como si el astro nunca hubiera conocido una condición distinta de ésa, aun cuando a nosotros mismos nos haya tocado ser testigos del recorrido que derivó en el luminoso presente.

Uno de esos casos es Bruno Mars, la estrella que esta noche arriba como fenómeno al Estadio Nacional. Porque el hombre de la omnipresente “Uptown funk” no siempre fue esta suerte de Rey Midas, tocado con la vara del multitalento (canto, baile, onda), y el público capitalino pudo saber de ello en 2012, cuando el artista —entonces de 26 años y un solo disco publicado— pasó por Movistar Arena.

La postal que dejó no fue muy distinta de la que entonces ofrecían otras tantas estrellas de estricto corte juvenil, con un público que en su mayoría no superaba los 20 años y buena cantidad de niños celebrando enfervorizados a quien estaba sobre el escenario. Alguien que, para buena parte de la audiencia general, era casi un desconocido.

Sin embargo, tras esos antecedentes homologables a los de muchos fenómenos pasajeros, ya se evidenciaba otra madera: Su afluente mayor era la música negra, su interpretación se ubicaba sobre la media, y la guitarra empuñada en un par de canciones servía para mucho más que la foto.

Todo eso podía ser augurio de un futuro estable y sostenido (no es poco en estos días), mas no necesariamente de estelaridad. Mal que mal, la historia está llena de actores de reparto que parecían tener todo para dar el gran salto, y nunca lo hicieron.

¿Qué pasó entre medio?

Que Bruno Mars se transformó en “este” Bruno Mars. El hawaiano vio la ventana abierta en el mundo del pop masculino, la cancha despejada, y se animó a entrar.

Porque desde la muerte de Michael Jackson —o quizás desde que el “rey del pop” apareciera más en tribunales que en escenarios—, ese territorio lucía una orfandad pasmosa, que los decesos de Prince y George Michael sólo vinieron a consolidar. Una era estaba acabada, y a diferencia de lo que ha venido ocurriendo en la esfera femenina, aquí no había ningún batallón de aspirantes mostrando sus armas para calzarse la corona.

Pero asaltar un trono no es cosa de llegar y sentarse. Por muy desocupado que esté, hay que demostrar cierto temple, estampa, tonelaje. Armas. Y Mars ha trabajado en ello.

Es cosa de comparar: Entre ese madero en proceso de tallado que vimos en 2012 y la estrella de la actualidad, la distancia es enorme. Su técnica vocal ha mejorado, también la instrumental (revisen su homenaje a Prince en los Grammy 2017), y ni hablar de la escénica. Hoy, el cantante es también un showman y bailarín de fuste.

El molde asoma evidente, y es el mismo rey muerto el que entrega los patrones. ¿Para qué cambiar algo tan probado, exitoso y perdurable? Lo demuestra la contracara femenina, con varias de sus postulantes siguiendo a su vez el modelo Madonna.

Pero una cosa es pretender seguir ciertos patrones y otra es que resulte. Y, hasta ahora, la apuesta de Mars sin dudas ha sido exitosa. Quizá aún sea apresurado ponerle la corona y entregarle el báculo del pop, pero algo ya parece ir quedando claro: En esa carrera avanza con sólida ventaja; imponerse es una opción que está únicamente en sus manos.

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