¿Qué tiene que pasar para calificar a una temporada como “el año de”? ¿Ganar un premio especialmente esquivo para los artistas chilenos, como el Grammy Latino? ¿Llenar tres veces el Auditorio Nacional de México y dos el Caupolicán de Santiago? ¿Ser confirmada en el cartel de Lollapalooza, una línea más abajo de Liam Gallagher y David Byrne? ¿Anunciar una gira con Juanes? ¿Acaparar elogios con un nuevo disco? ¿Transformarse en figura de un evento tan resonante como el Festival de Viña del Mar? ¿Todo eso junto?

Bueno, precisamente esto último es lo que logró Mon Laferte en este 2017 que se nos va, y por si a alguien le cabían dudas de lo que eso significa, qué mejor que un hito de coronación como el que la noche de este lunes 18 tuvo lugar en Movistar Arena. Un show a tablero vuelto, por cierto, como para sumarlo a esa lista anual de logros que parece no tener ganas de agotarse.

Evidenciando el fenómeno que protagoniza, 14 mil personas enardecidas fueron las que se dieron cita en el reducto de Parque O’Higgins, donde la viñamarina se paseó principalmente por sus últimos dos álbumes, aquellos con los que dejó atrás la fase de tantear terreno, para acomodarse en las corrientes que le han dado fama y reconocimiento continental.

Es decir, un sonido afincado en América Latina que arranca en la década del 40 y sigue en las posteriores. Un viaje en el tiempo hacia un pasado que hasta hace poco se observaba raído y en sepia, pero que ahora reluce con el brillo de lo vintage.

Hay que reconocer el aporte de diversos nombres a la hora de poner a rodar esa bola por estos lados (desde Macha Asenjo hasta Los Vásquez), pero sin dudas es Mon Laferte quien consolidó la avalancha, como lo corrobora el canto incesante de este lunes.

Así fue desde el inicio con “Ana”, un cover de los peruanos Los Saicos incluido en su disco La Trenza (2017), y con el que alude a un sello nuevaolero en link directo con exponentes como Cecilia.

Luego viene el turno de “Si tú me quisieras”, una canción que a estas alturas ya es archiconocida, pero que suma algo de refresco en una coqueta coreografía que la antecede, más un enérgico solo de guitarra al llegar al clímax. Mientras, la línea de bajo resalta como nunca en vivo, y revela su extracción desde la estructura base del rock and roll (presente en piezas como “El rock del mundial” y “Rock around the clock”, entre otras).

Con “El cristal”, en tanto, se abre la noche hacia el bolero de escuela cubana, aquél que en Chile encontró su nicho definitivo en cantinas y arrabales, continuo que sigue luego con “La trenza”. Tanto en ese tema como en “Cielito de abril”, junto a Manuel García, la cantautora aprovecha de demostrar el rol que puede jugar con la guitarra, y que también toca a la usanza antigua, con el pulgar ejerciendo el grueso de las tareas.

No es de extrañar. El pasado es parte esencial en la lírica, el sonido y el espíritu de Mon Laferte, lo que vuelve a demostrar en el vals peruano “Yo te qui”, que intercala con el clásico “Propiedad privada” (uno que han interpretado desde Julio Jaramillo hasta Antonio Ríos).

Y aunque el epílogo esté orientado a la cumbia y el ska, esta mujer de los hitos puede cerrar la noche sabiendo que colgó otra medalla alrededor de su cuello (amén del karaoke impresionante en “Amor completo”): Haber visto a personas de 25 y menos años sintiendo en carne viva los géneros que marcaron a sus abuelos y bisabuelos, antes de que a alguien se le ocurriera la estúpida idea de chulearlos.

Este lunes, por fortuna, una vez más quedaron reivindicados, gracias a una Mon Laferte que dejó en claro que la interpretación del sentimiento popular es algo que no sabe de tiempo ni de fronteras. Y que ese rol, hoy, le toca encarnarlo a ella.

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