Rodeado por los pequeños extractos de canciones populares y el sinfín de obras de arte esparcidas por los muros del club social Casa Conejo, Matías Oviedo (39) cruza el umbral de la puerta sosteniendo su guitarra C.F. Martin & Compañía por el mástil. “Ya estoy vestido de músico”, dice, aunque sin querer referirse a su compañera de cuerdas, sino al atuendo de camiseta negra y pantalones color mostaza que desfila con la gallardía de un artista de escenario. Sobre el sofá descansa un traje en el que más tarde se enfundará para regalarnos un retrato de su faceta actoral, más propia del galán de TV en el que se ha ido convirtiendo con los años, tras una larga ­—y fructífera— vuelta por teleseries como 16, Vuelve temprano, Esa no soy yo y, más recientemente, Verdades ocultas, que se transmite desde hace dos años por las pantallas de Mega.

Es en esta madriguera de cultura y música que nos muestra sus dos grandes facetas: Se lanzó al mundo de la música a los 18 años, estudiando la disciplina del contrabajo en el conservatorio de la Universidad Católica, y todavía estaba enamorado de las partituras cuando se encontró con la actuación. “Se me ocurrió dar las pruebas para estudiar teatro, quedé y me encanté”, dice. “Descubrí una parte de mí que no conocía, y empecé a desarrollar este arte con tanto gusto, que dejé de estudiar música. El teatro es colectivo y la música muy solitaria, así que la decisión fue orgánica”. 

fotot

En 2003 llegó a la televisión participando en un casting del área dramática de TVN, canal al que perteneció por cerca de 13 años. “La TV es entretenida, porque es otro mundo”, reconoce. “Es más superficial, inmediata y desechable, pero me gusta hacer teleseries si hay propuestas interesantes”.

—¿Siempre quisiste ser actor de televisión?

—No, nunca me lo planteé. Mientras estudiaba, estaba metido en el mundo del teatro, pero la TV me pareció interesante. Tiene momentos de mucha intensidad: a veces en la mañana me toca grabar una escena policial, y en la tarde una romántica. Esa diversidad es entretenida. Además de que me ha permitido interpretar a personajes de todo tipo. 

—Como el de Tomás en Verdades ocultas, uno de tus personajes más criticados por el público…

—Ya sé que la gente me odia (risas)…

—¿Y cómo respondes?

—Defendiéndolo. Mi personaje es una víctima. Cae en todas las trampas, pero sigue siendo un tipo muy noble que está metido en un ambiente turbio. Uno como actor tiene que defender su papel y no juzgarlo; si no, empieza a tomar un partido que va a limitar la interpretación.

—Desde el éxito de Verdades ocultas, ¿cómo ves el panorama de las teleseries chilenas?

—Creo que hay una crisis a nivel televisión. Ahora está Netflix, YouTube…, y miles de otras plataformas que hacen la competencia. Hace 20 años, a las ocho de la tarde, todo el mundo veía teleseries, porque era lo único que estaba disponible. Los tiempos cambiaron y está bien, no puedo decir que no. En ese sentido, hay canales que no han sabido reinventarse. Ahí está el desafío.

—TVN es uno de los canales que no logró hacerle frente a la crisis, por ejemplo…

—Y me afectó en primera persona, porque… me echaron (risas). O sea, no es que me despidieran, pero no me renovaron contrato. Fue un ‘váyase pa’ la casa, no tenemos más teleseries’, y fue lamentable. A la gente le gusta la ficción nacional y en las teleseries chilenas se reconocen.

Además de Verdades ocultas que, dice, pronto comenzará a rodar su cuarta temporada “con un estilo más de thriller y una historia casi policial”, Matías Oviedo todavía tiene tiempo para coquetear con el cine. Fue ganador en cuatro festivales en 2018, por su rol en el cortometraje Sr. Larraín —donde interpreta a un psicópata—, entre ellos, el Actor Award y el Festigious de Los Ángeles. “Nunca me había ganado un premio, así que no me lo creía. El corto me lo propuso Carlos Meléndez y al ser producido por estudiantes de cine, fue súper de guerrilla”, cuenta. “El tenía súper claro cómo hacer el personaje, y yo solo tuve que ponerle el cuerpo, las emociones y la vida”. 

Paralelamente, también le deja espacio a su carrera en la industria musical, que decidió partir en 2008 usando el alter ego de Julio Pino. “Tenía un montón de canciones y decidí grabar un disco”, recuerda. “Ese año me di cuenta de que quería dedicarme también a la música, que es donde puedo explorar mi lado más autoral y creativo”. Este mes lanzará oficialmente su segundo single, titulado Tan dentro, como parte de su último álbum —producido junto a Daniel Guerrero y quinto en su carrera musical—, que comparte nombre con el primer single. “Soy es una declaración de principios. Es una confesión. Un ‘tengo muchos defectos, pero trato de hacerlo lo mejor posible’”, asegura.

—¿Te costó entrar en el mundo de la música?

—Sí, pero como a todos. Es difícil hacerse un espacio en la industria. La gente cree que como actor voy a tener todas las puertas abiertas, y no es así. Por mucho que les interese la teleserie en la que participo, si no les gustó mi canción, no la van a escuchar. La música manda. Yo vivo la realidad del teatro y de la música emergente, y la segunda es mucho más complicada.

—¿Y cómo haces para convivir con ambas realidades?

—Cuando no estoy haciendo teleseries, compongo y dejo la máquina andando. Hacer canciones es mi necesidad artística de expresar lo que tengo dentro, pero en la actuación uno siempre está sometido a la voluntad del director. En ese sentido, no es como que tenga la cabeza tan consumida.

—Y la balanza, ¿hacia dónde se inclina?

—La música es donde soy yo mismo, mientras en el teatro juego a ser alguien más. Si tuviera que ponerlo en la balanza, me quedaría con la música, porque es donde está mi esencia. Es un proceso que yo guío y no donde soy guiado por otros. Si a este disco no le va bien, igual grabaría uno más, porque no estoy sujeto al éxito en ese sentido. La música es algo que quiero hacer siempre.