El gusto por la música popular brasileña —senda ineludible para cualquier melómano, dada su viveza y profundidad— mantiene en Chile un inevitable desfase temporal que convierte a sus nuevas figuras en revelaciones a las que se llega con años de retraso. Repasar la lista de los mejores discos nacionales del 2014 en Rolling Stone-Brasil es como enfrentarse a un enigma: Criolo, Silva, Juçara Marçal, Banda do Mar. El planeta musical del país más extenso de Sudamérica no es sólo autosuficiente sino que también un lugar de una dinámica veloz, al que sólo aquellos dispuestos a una investigación personal pueden seguir al ritmo adecuado. En esto, y al menos en Chile, no ayudan las radios ni las productoras de conciertos.

Maria Rita es una estrella, pero su venidero recital en Chile (21 de marzo, Teatro Caupolicán) será para nosotros un debut. No importa que la paulista de 37 años llegue ya con seis álbumes publicados (el más reciente, Coração a Batucar) ni que las alabanzas en medios del primer mundo sean para ella cosa frecuente. Incluso el hecho de formar parte de un linaje artístico incontestable (es hija de la enorme Elis Regina, nada menos, a parte de cuyo repertorio homenajea en esta gira) no le garantiza en nuestro país la debida cercanía para asegurar el lleno esperable en un concierto de su nivel. Al respecto, un par de advertencias: la cantante de “A festa” puede escucharse como una ingeniosa refrescadora de la matriz de la samba, la que ha combinado con jazz y un desprejuiciado barniz pop; ergo, estamos ante una innovadora. Por otro lado, su recital en Santiago será junto al pianista Tiago Costa, el apoyo para, precisamente, un espectáculo que hace pocas semanas fue destacado en el New York Times como uno de los diez mejores del 2014. Quedamos ahora ante un problema semántico: la cita la calificaríamos de “imperdible” si no fuera porque la palabra ya perdió por completo su distinción. Quedemos en que Maria Rita en Chile son palabras mayores.