Surgió en estos días como una asociación inevitable la de Margot Loyola y Violeta Parra. Dos amigas, dos colaboradoras, dos pilares de nuestro folclor, se dijo innumerables veces en la despedida de la gran maestra nacida en Linares en 1918, Premio Nacional de Arte 1994, fallecida el 3 de agosto en su casa de La Reina. Fue la suya una relación siempre agitada, en el intercambio y en los afectos: “Ahí vienen las dos, ¡algo va a pasar!”, recordaba Loyola que escuchaba a lo lejos cuando salían juntas. Las unía, entre otras cosas, un afecto profundo por Chile y un sentido de responsabilidad hacia los frutos creativos de su tierra. 

Sin embargo, lo esencial de su legado muestra también grandes diferencias. El de Violeta trascenderá para siempre como el de una autora genial, atribulada consigo misma, con el abuso y la desigualdad en Chile, que en parte nutrió su estilo con osadas deconstrucciones de lo aprendido en terreno. El de Margot en cambio, es el mejor ejemplo de un puente entre cultores y grandes audiencias, entre pueblo y academia. No era su intimidad la que sobresalía, sino la fidelidad de su registro. El título que le dio a su último disco, publicado a sus 92 años de edad, es elocuente: Otras voces en mi voz.

La partida de Loyola nos obliga a ser rigurosos con las definiciones del folclor, porque ella misma fue un ejemplo de trabajo minucioso. Su labor de investigación en terreno fue la más extensa y profunda emprendida por un compatriota: se inició en 1940, junto a un lonco huilliche, y continuó luego por Chile completo. Para aprender las danzas y cantos de una zona puntual podía quedarse años. Fotos, grabaciones y un cuaderno lleno de notas eran el resultado de esas incursiones, que luego se difundían en Santiago en la forma de cursos o de libros (se publicaron alrededor de diez, y se preparan otros cuatro póstumos). “Los cultores pasan a ser mis maestros. Por eso, cuando voy al medio, vivo el paisaje, me emociono. Descubro al hombre, y así aprendo cosas que ni he pensado preguntar”. La secuencia de transmisión es vital: maestros-cultores que inspiran a una investigadora que luego instruye a otros maestros-docentes. Cuánto se hubiese perdido de no existir esa dinámica. Es imposible recordar a Margot Loyola sino es al medio de un grupo (de alumnos, de cantoras, de bailarines), porque la esencia de su disciplina estuvo en el intercambio. Es ese afecto profundo por salir a buscar lecciones y por la transmisión generosa de éstas lo que parte con ella.