“Me gustaría que esta fuera la música para mi funeral”, musitó una mujer del público, con la emocionalidad a flor de piel, plantándose frente a Marcela Fiorillo después de uno de sus conciertos ante la audiencia de Kuala Lumpur.

“Ese comentario también me lo hizo un hombre la primera vez que toqué en Camberra”, comentó ella sorprendida. Estaban hablando de Oblivion, el tango instrumental creado por Astor Piazzolla –bandoneísta y compositor argentino– en los años ’80 durante su estancia en Estados Unidos, el mismo que más tarde pertenecería a la banda sonora de la película Enrique IV del director italiano Marco Bellocchio.

La melodía original sonaba a través de un bandoneón, pero ese día en Piazzolla Tango —recital que abraza el universo musical del compositor trasandino fallecido en 1992— fueron los dedos de la eximia pianista argentina los encargados de darle vida.

“La obra no fue escrita con esa intención, sin embargo, esto demuestra que el espíritu de la música llega con un mismo lenguaje a todo el mundo”, dice después de haber recorrido diversas ciudades del globo interpretando al artista.

“Apenas empecé a hacer música de Astor me enamoré profundamente de su lenguaje y se me ha permitido recrear ese idioma desde mi conocimiento pianístico”, asegura con genuina emoción de plasmar aquel amor también en su debut en Chile con una gala que se realizará en Las Majadas de Pirque el 17 de diciembre, además de un concierto matinal al día siguiente bajo la organización de Arte Aparte y el apoyo de la Embajada argentina.

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En esta primera visita, y al igual que en sus recitales anteriores la también profesora y compositora repasará los temas emblemáticos de Piazzolla Aniversary, su disco homenaje al bandoneísta. Así Adiós Nonino, Milonga del Angel, Muerte del Angel, Oblivion, Invierno y Otoño Porteño, Buenos Aires hora cero y Tangata sumergirán al público en un recorrido por el espíritu nostálgico del tango.

“Me gustó llevar un poco de cada cosa para tener un panorama de Piazzolla en su totalidad. Era un músico tan fructífero y frondoso en sus producciones que se encuentra de todo en su música”, explica la intérprete galardonada con numerosos premios alrededor del mundo, el último de ellos otorgado por Camberra Critics Awards en 2014 tras su composición Weerreewa Suite y una crítica que ha descrito su pianismo como “consumado, de técnica impactante, segura y de un profundo poder expresivo”.

“Para mí lo más importante al hacer música es el mensaje, no deslumbrar…”, dice con modestia a pesar de que su carrera la ha llevado a las salas del Teatro Colón, Auditorio Belgrano y Teatro San Martín en Argentina y también a numerosas presentaciones de solista en Nueva York, Washington y Bloomington. Fue ahí mismo, en el condado de Monroe, donde construyó un fuerte vínculo con Chile a través de Alfonso Montecinos —compositor y pianista osornino—, quien fuera su primer maestro en Bloomington y a su vez un fiel ex estudiante del concertista chileno Claudio Arrau.

“Me une una tradición pianística a Chile”, dice, “por eso mi expectativa es de mucho entusiasmo. Espero que a la audiencia le guste el concierto de la misma manera que yo tengo el férreo deseo de que les llegue profundamente…”. De planes futuros, hay mucho: un segundo concierto en honor a Astor Piazzolla busca ver la luz en 2017, pero esta vez con el título de El gran tango.

Y para no dejar fuera a otro de sus grandes referentes, la pianista está trabajando asiduamente en un recital basado en las sonatas y cartas de Beethoven. “Esto es como el horizonte, a medida que caminas se va desplazando, siempre hay más”, dice. “El valor imprescindible de la música es lo que forma en el espíritu humano. En el camino que estoy atravesando con cada compositor busco qué es lo que quiso dejarle a la humanidad. Ese es el fuego que me describe”.