Ningún conocedor de la salsa pone en duda un dato que a los legos siempre parece asombrarles: la cuna del género no estuvo en ninguna ciudad hispanoparlante, sino que en Nueva York. Barrios latinos, años setenta, inmigrantes cubanos y puertorriqueños (sobre todo) con ganas de bailar y reinterpretar a la distancia géneros como el son, la rumba, el mambo. Al medio del meneo, Fania, un sello que porque ahora cumple cincuenta años nos permite hablar de un legado tan sabroso como ineludible. Celia Cruz (en la foto), Larry Harlow, Ray Barretto, Rubén Blades, Héctor Lavoe, Cheo Feliciano. La lista sigue, y al leerla dan ganas de bailar. Incluso por fuera de los nombres de su catálogo, la riqueza de ese sonido de cruce orquestado, bien cantado y birracial es simplemente irresistible. “Todos esos bailarines de salsa alrededor del mundo, todas esas convenciones y escuelas y radios y clases: todo deriva de lo que nosotros empezamos”, explican desde el sello al New York Times. Es pedante, sí, pero no hay cómo desmentirlo.

Su luz es generosa, y devuelve el resplandor: hasta agosto (partieron en junio), Fania ha organizado una serie de conciertos gratuitos en Nueva York que concluirá con un gran show en el Central Park de las Fania All Stars, legendaria selección de algunos de los mejores músicos a su cargo. Hay reediciones, antologías, notas de prensa por todos lados. Hay reflexiones sesudas sobre el aporte del sello a la identidad latina en Estados Unidos.

El sonido tropical y afroamericano vive hoy un reacomodo interesante, en parte por la gestión de varios europeos que se han ocupado en desempolvar viejísimos vinilos para presentarle a la generación “Soundcloud” ritmos como la champeta, la chicha o la soca (Diablos del ritmo, Tumbélé! y Palenque palenque son tres antologías recientes muy recomendables); y en parte porque nutre de modo fundamental el sonido de bandas de explosión pop, como Bomba Estéreo. Pero ahí está Fania y su publicitado primer medio siglo para cobrar el crédito que les corresponde a los pioneros. Si el imperio alguna vez quiso mirar en menos a su población latina migrante, allí estuvo la salsa para reivindicar su ritmo y musicalidad congénitas, y dejar en ridículo el pésimo sentido del baile de sus patrones.