Su debut, a mediados de 2011 y de cara a la segunda edición de Lollapalooza, no estuvo exenta de polémica. Aunque desde hacía años venía siendo práctica habitual en el extranjero, una “venta en verde” de tickets para un festival de música no dejaba de resultarnos llamativa en Chile, y no pocos eligieron encararla con una mirada suspicaz, ácida y despiadada. Dijeron que sería cuestión de poseros, de arribistas, cuando no de idiotas, derechamente.

Pero el tiempo le dio a la razón a los impulsores de la modalidad, y la prueba de ello no sólo ha estado en su consolidación y réplica —eventos como Fauna Primavera y la Cumbre del Rock chileno ya la han implementado—, sino también en la sostenida mejora de los registros al cabo del primer día de venta: Los boletos Early Bird se agotan en una cantidad de minutos cada año más exigua, y el saldo global timbra una cifra de asistentes siempre superior.

Así llegamos a lo ocurrido esta semana, con 50 mil personas asegurando su presencia en Parque O’Higgins los próximos 29, 30 y 31 de marzo, transcurridas apenas seis horas de venta. Cincuenta mil sobre un universo de 80 mil, lo que equivale a más del 60% de la capacidad del evento. Uno que recién confirmará a sus artistas dentro de… dos meses.

Para los asiduos a Lollapalooza y a los conciertos en general, lo único llamativo que queda al respecto son los records batidos. Quienes observan a más distancia, en tanto, aún se sorprenden con la práctica, y no pocos siguen visualizándola como un descriterio, un sinsentido, un derroche.

Pero seguir insistiendo en aquello ya no puede ser otra cosa que majadería y ceguera: Guste a quien le guste, Lollapalooza ha sabido probar la legitimidad de su venta en verde, y ello en ningún caso ha sido gratis. Amén de la ventaja en el precio —la venta normal más que dobla al early bird—, la demanda del público da cuenta de un trabajo que ha sabido ser merecedor de tal confianza, que hoy es posible poner sin más las fichas en las próximas ediciones.

La explosividad de la venta, entonces, se transforma así en un acto de fe. Aunque no sepamos los nombres, de algún modo ya sabemos para dónde irá la mano, entre qué ejes nos moveremos, y de qué calidades serán los distintos invitados. Mal que mal, éste es el festival al que han venido Arcade Fire, Soundgarden y Metallica, o el que nos permitió descubrir a grupos luego tan exitosos como Foster the People, Alabama Shakes y Portugal. The Man (los que este año le arrebataron el Grammy al “Despacito”), entre muchos otros.

Pero sobre todo, el éxito de la venta anticipada da cuenta de una cabal comprensión en la audiencia de un concepto que costó instalar. Ese concepto, paradójicamente, no es otro que el de festival. Es decir, un tipo de evento al que no necesariamente se acude llamado por un gran nombre, sino por la globalidad de una experiencia.

Allí nos encontramos con figuras conocidas y de respeto, por más o menos cercanía personal que nos despierten; allí se puede ir de un escenario a otro, hasta construir cada uno su propio menú; allí se escucha a artistas que hasta entonces no conocíamos, pero con expectativa cierta de descubrir a un nuevo protagonista de nuestras playlists; allí se alterna entre prados, food trucks y tiendas, para complementar las extensas jornadas de música antes de seguir adelante; allí se aprecian tendencias, propuestas, estilos, se rellena el Instagram y se comparte con amigos y conocidos.

Por eso hubo 50 mil personas que se agolparon en filas reales y virtuales para adquirir sus pases antes de la sexta hora; por eso los primeros 2.500 abonos se agotaron ya no en 20 ni 15 minutos, sino en 9; y por eso es que el próximo año ya no hablaremos ni de 50 mil personas ni de 9 minutos, sino de 55 ó 60 mil asistentes, y de 7 ó 5 minutos. Es parte de lo que ocurre cuando el círculo cierra en modo virtuoso, con promesas que se cumplen y expectativas que se satisfacen, aunque ello siempre deje una tarea nada menor para el futuro: Mantener el estándar e intentar mejorarlo. Por ahora, hay 50 mil sujetos que creen que así será.

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