“¿Qué hicieron con mi Festival?”, parecieron preguntarse miles de adultos asumidos y no asumidos, cuando en el año 2013 comenzaron a asomar las primeras coronas de flores (las de la cabeza, no las de los funerales) a lo largo y ancho de Lollapalooza.

Hasta entonces, en toda su corta vida, la importación de Chicago era un evento alternativo, estiloso, ondero, rockero… Algo hipster, podríamos decir incluso. Un territorio donde los tipos de 30 y más años nos paseábamos a nuestras anchas, como si estuviéramos en casa, creyéndonos un poco el cuento, y disfrutando en vivo de un catálogo que en gran medida venía siendo acuñado desde los primeros 2000 hacia atrás.

Pero como bien dijo Jorge González, “nada es para siempre”, y qué bien que no lo sea. No sólo porque el anquilosamiento natural de quienes ven a su juventud escapar juega en contra de la curatoría de cualquier festival. También de su supervivencia.

No se hagan: Buena parte de los viejos rockeros de pronto se sorprenden con pocas ganas de aguantar un día entero bajo el sol, de quedar muy atrás, o de tener que soportar a un montón de banditas de juguete (o sea, las que cometieron el pecado imperdonable de haber surgido después de 2010) hasta que llegue la de verdad (o sea, la que ellos siguen).

Y justo mientras eso sucede, emerge también el evento que da que hablar, que se comenta en redes sociales, en el que pasan cosas, y al que ha venido una buena cantidad de artistas que luego comienzan a resultarnos familiares. ¿Cómo alguien, en plenas ansias por pertenecer, por formar parte del mundo, no va a querer estar ahí?

Lollapalooza lo entendió le pese a quien le pese, y hoy no es el festival de ningún nicho: es un evento para todos los que gustan de vivir la música. El Perry’s Stage es emblema al respecto: si en sus inicios recibió a nombres como Ghostland Observatory, Fischerspooner o Fatboy Slim, hoy está plenamente consagrado a la EDM, la corriente que transformó a la electrónica en un género de multitudes y adolescentes, con su ritmo frenético y evasivo.

A partir de este viernes, seguro que el ambiente instalado en el interior de Movistar Arena será una húmeda caldera llena de púberes descamisados, bailando incesantemente al ritmo de Dillon Francis, Hardwell, DJ Snake y otros maestros de ceremonia. Muchos de los que ingresen a las 13:00 horas, no saldrán de allí hasta que los echen, y otros tantos que osaron salir a respirar se encontrarán luego con que no podrán volver a un recinto que ha sido cerrado por riesgo de colapso.

Para ellos, también habrá oferta en el exterior, con Camila Cabello como emblema. La ex Fifth Harmony fue otra figura incomprendida en el anuncio del cartel, y durante su turno el sábado 17 (22:00 horas, Acer Stage) veremos de qué madera está hecha esta nueva aspirante a la realeza pop, de origen cubano y 21 años a cuestas.

Pero como los suyos irán a rendirle tributo, esa consigna queda sólo para los que la verán desde el costado, o que se enterarán a lo lejos. Desde el show de Red Hot Chili Peppers, para ser más exactos (21:45 horas, VTR Stage), consagrando una dicotomía en el menú que bien refleja los tiempos que corren en Lollapalooza: este festival no es ni tuyo ni mío. Es de los de ahora y de los que vendrán.

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