La crítica musical no está ni cerca de ser una ciencia exacta. La posibilidad de errar al momento de decir cosas tan concluyentes como que alguien viene con la motivación a la baja, o que los vínculos en el interior de una comunidad parecen desgastados, sin dudas es altísima. Pero de apreciaciones se trata esto, y en ese sentido el ejemplo dado por Guns N’Roses en Stgo Rock City, es casi paradigmático: La otrora banda más peligrosa del planeta hoy parece un espejismo de su leyenda, algo que paradójicamente tiene de dulce y agraz.

Porque, en rigor, ha habido dos maneras de encarnar esa condición, y la más elemental de ellas fue siendo unos absolutos e insoportables pasteles. Es verdad que las historias de destrozos en hoteles y orgías memorables suenan divertidas, pero otra cosa es sufrir en carne propia a una estrellita de turno que, a la hora del concierto, no tiene ganas de salir de su habitación o, peor aun, ni siquiera ha aterrizado en el país.

Todo eso pasó en las visitas que la marca Guns N’Roses concretó en 1992, 2010 y 2011, y visto de esa manera, menos mal que el peligroso Axl Rose ahora es una especie de tío Axl: Mansito, amoroso, puntual (de hecho, salió al escenario cuatro minutos antes)… Si hasta hizo saludos personalizados hacia la reja con una vistosa sonrisa, le preguntó al público cómo lo estaba pasando, se mostró feliz de estar de vuelta, y se envolvió en una bandera chilena.

Desde ese punto de vista, en buena hora: Bienvenido sea todo atisbo de convencionalismo en los norteamericanos.

Pero la banda no sólo enarboló las banderas de la peligrosidad por sus vidas al límite, sino también por el vértigo y la adrenalina que transmitían sobre el escenario, la crudeza con que encaraban el hard rock, el salvajismo de su repertorio, y la sensación de que cuando sus componentes se juntaban, el resultado podía ser impredecible y explosivo.

En condiciones ideales, era necesario perder la primera dimensión manteniendo la segunda. Sin embargo, a un año del hito del reencuentro —que pagaba los tickets por sí solo y que ponía a circular emociones capaces de taponear todo lo demás— los Guns dejan entrever la que podría ser su verdadera madera actual. Y el resultado está lejos de ser auspicioso.

En el Estadio Monumental, el grupo que encabezan Axl Rose, Slash y Duff McKagan lució desgastado, deslavado, como una suerte de espectro fugado desde la compuerta del automatismo; o, más bien, del desgano y el cansancio en que pudo haber derivado una gira cargada de expectación y dólares, pero también de extensión y tedio.

Entre introducciones eternas, covers omisibles y una dosis de “Chinese Democracy” más alta de la recomendada, el conjunto se las arregló para poner regularmente marcha atrás al vuelo emprendido a partir de sus clásicos, material incombustible, pero que esta vez terminó semi extraviado en un evitable océano de tres horas.

La propia garganta de Axl Rose no aguantó ese ritmo, y terminó simplemente fundida, acusando el desgaste natural al que pueden llevar los años de excepcionalidad, cualidad fraguada a punta de llevar sus capacidades hasta el límite.

Al otro lado de la moneda, en tanto, Slash, sosteniendo en reiterados momentos el peso de la velada, armado de una guitarra que transforma en lanzallamas.

No hay que ser malagradecidos, en todo caso. Que el eje del grupo lleve un año y medio compartiendo escenario, no deja de ser una gracia, y ese tridente siempre será mejor que cualquier remedo presentado bajo una licencia tan valiosa como Guns N’Roses.

Sin embargo, el riesgo de la inmortalidad es que ésta también llegue en la forma de una estatua del Renacimiento: Un objeto de valor incalculable ante el cual nos paramos con emoción y asombro, pero que tras un par de minutos de contemplación ya nos satisfizo, hasta impulsarnos a seguir con nuestro camino. Y los viejos y queridos Guns, sin lugar a dudas, merecen un mejor destino.

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