Que un libro sobre música pop y mal gusto sea un superventas no nos sorprende. La prensa musical se empeña a diario en construir un canon sobre lo que resulta o no aceptable en estéticas de intercambio radiable, y es necesario que en esa noble pero parcial tarea se introduzca también la reflexión sobre aquello que la subvierte: el éxito de lo peor. El reciente y muy bien recibido reúne columnas de trece especialistas en torno a sentimentalismo melódico, kitsch, cultura de masas y esnobismo, con la excusa del análisis del quinto álbum en inglés de Celine Dion, un compendio espantoso de baladas ídem que desde su publicación en 1997 ha vendido más de treinta millones de copias. Una cosa es condenar su afectación insufrible, que convierte la expresión sentimental en pura gimnasia vocal; otra, buscar entender por qué tantos la disfrutan.

Ricardo Arjona —intérprete discreto, letrista ramplón, fenómeno de ventas— cantó el 9 de mayo en el Teatro Municipal de Santiago, y los argumentos que hasta ahora enarbolan entusiastas y detractores de tan inesperado debut son airados, mas no muy novedosos. Es frecuente que nuestro debate cultural se ocupe cada cierto tiempo de la tensión entre el arte de autor y la cultura de masas, y que en esa pista de carrera vayan quedando relegados aspectos anexos que nos vendría muy bien pensar: la relación precio/calidad de las ofertas de nuestros productores de conciertos, el escaso conocimiento en música popular de quienes administran salas públicas para espectáculos, si el arriendo de un espacio municipal debe o no someterse a criterios artísticos previos, por ejemplo.

Hablar de «lo bueno» y «lo malo», desde el puro gusto, no es sólo estéril en este contexto sino que distrae la definición de asuntos más urgentes en torno al criterio de quienes defienden la creación con los dineros de todos. La cursilería era ya en el siglo XIX una categoría analizada por la crítica literaria, pero el libremercado ha venido a convertirla en una imposición tan invasiva que es completamente legítimo armarse de escudos argumentativos en su contra, y ubicarlos en la mesa cuando sus pisadas toscas arriesgan aplastar, por el puro poder del dinero, iniciativas de vocación pública que merecen defenderse. En el pop, lo banal se aparece y seguirá apareciéndose por todos lados, y el viernes 9 se desplegó a sus anchas bajo la mayor lámpara de lágrimas que conozcamos. Pero ni Arjona ni sus fans tienen la culpa de un país que insiste en no querer tomar partido en la definición de las responsabilidades de nuestros gestores de lo público.