La canción popular mexicana ha hecho del encanto un estándar obligatorio para quien aspira a profesionalizarse en la música. No hablamos de candidez ni de simpatía. Fue tan encantadora la severa Chavela Vargas como la sensual Daniela Romo, y encantadores se volvieron también Los Angeles Negros cuando viajaron, vieron y vencieron en el mayor mercado de la música en castellano. Quien canta allí frente a las masas transmite la experiencia escénica como la de un espacio lleno de gracia. Nadie persigue un estudiado desdén: se aplaude precisamente el compromiso que parece llevarse la voz, el gesto y hasta la vida del que está con un micrófono.

Natalia Lafourcade (1984, Veracruz; hija de un hermano del escritor Enrique Lafourcade, a propósito) es una cantautora de verdad encantadora, y ha conseguido que esa característica crezca junto a su proyecto por legitimar su estilo juvenil por fuera de la banalidad que pudo haberla dejado convertida sólo en una voz suave y empática. Hace tres años salió airosa del desafío de estar a la altura del enorme Agustín Lara. En el disco de covers y duetos Mujer divina, y en el nuevo Hasta la raíz los arreglos y las letras de las doce canciones consiguen el balance entre frescura y carácter que hace un rato se descompensó en, por ejemplo, los singles fáciles de Julieta Venegas. Quizá sea su disposición a mostrarse frágil y a la vez llevar sus canciones tarearables a un vuelo excepcional, de arreglos limpios pero inteligentes, con quiebres rítmicos e irrupciones instrumentales que mantienen al oído atento. Quizá sea la firmeza de su voz, y la opción por plantearse el compromiso amoroso como una gran causa. Quizá no haya más ciencia que la de la melodía, tarareable hasta lo irrebatible en, por ejemplo, “Nunca es suficiente”, la mejor canción que Jeanette no alcanzó a grabar. Junto a Ximena Sariñana y Carla Morrison, Natalia Lafourcade muestra hoy un pop mexicano de precisa sensibilidad femenina e invitación amplia, destinado a inscribirse más allá de su generación. Invita por su encanto, seduce por la melodía y al final rinde sin remedio a través de su valiente revelación autoral.