Y para Michael Douglas, responsable del protagónico, la oferta del papel fue ‘el nirvana’. El actor resulta tan creíble de gay aficionado al kitsch como antes lo fue de macho alfa todoterreno.

El entretenedor mejor pagado de los años setenta fue un hijo de inmigrantes adicto al lujo, homosexual a escondidas y músico rodeado de un equipo de empleados dispuesto a satisfacer caprichos inverosímiles. Era, por eso, sólo cosa de tiempo para que alguien quisiera llevar al cine la vida de Wladziu Valentino Liberace (1919-1987), el pianista más excéntrico del siglo XX. Behind the Candelabra fue estrenada hace unas semanas en Cannes, y pasó luego al aire por la señal estadounidense de HBO (ningún estudio cinematográfico quiso comprometer la distribución en salas de un filme que les parecía ‘demasiado gay’), y es deber su revisión aunque sólo sea por el buen nivel de los involucrados. Su director, Steven Soderbergh, ha dicho que quizá cierre con esta cinta una filmografía premiada y elocuente (que ha ido de Sexo, mentiras y video a Erin Brockovich, y de Ocean’s Eleven a Che. Y para Michael Douglas, responsable del protagónico, la oferta del papel fue ‘el nirvana’. El actor resulta tan creíble de gay aficionado al kitsch como antes lo fue de macho alfa todoterreno.

Es una era del espectáculo ya perdida, cuyos máximos representantes no podrían entender qué pretende hoy alguien como Beyoncé cuando comparte filmaciones domésticas en un documental para televisión.

Habrá quienes esperan la llegada de esta cinta a Chile por su valor cinematográfico, su barroca dirección de arte o el potencial morbo de su historia de pasión con mal final. Pero Behind the candelabra es, también, el registro de un momento musical ya extinto, aquél poblado por estrellas llenas de secretos y vidas excesivas, cuya distancia de la audiencia sostenía parte esencial de su atractivo. Entre Rolls Royce a la puerta, batas de satín y frescos en el techo de su dormitorio, Liberace fue un pianista que entendió la música popular como una escala de marmoleado ascenso a una esfera de lujos incompatible con el arte sincero, pero que por esos años también mullía a gente como Elton John, Diana Ross o Julio Iglesias. Es una era del espectáculo ya perdida, cuyos máximos representantes no podrían entender qué pretende hoy alguien como Beyoncé cuando comparte filmaciones domésticas en un documental para televisión (Nothing but a dream, estrenado este año) o que Paul McCartney se deje fotografiar en toda su septuagenaria palidez durante un día de playa. Behind the candelabra es pop en el sentido arqueológico.

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