Explotando, justamente, los imperecibles años sesenta, se ha hecho de fama. Nadie, si siquiera él, lo niega. Kravitz está en el límite del plagio, no ha inventado nada. Todo lo contrario, su música es una copia, casi perfecta eso sí, del rock de Jimi Hendrix, el soul de Arleta Franklin o el reggae de Bob Marley, empresas archiprobadas en las que el riesgo es mínimo.

Se trata del movimiento hippie en pleno y en forma evidente, respaldado por un oído que sabe escuchar y una fidelidad casi enfermiza por la única época que considera grande.

Está en su look, bien se ve, pero el hombre va más allá. Definitivamente es pretecnológico y purista. El primero de marzo lanzó en Virginia, estado de USA con nombre de mujer, su tercer disco are you gonna go my way, el cual fue grabado en un viejo mezclador de Los Beatles. Como en sus trabajos anteriores, es autor de letra y música, e interpreta. Sus arreglos son buenos y sus adaptaciones entretenidas. Es un chico de calidad. Y está de moda.

Odia todo lo que botó la ola de las flores:”Lo moderno es basura”. Grita y repite que ni el rap vale un dólar, ni el pop un beso. Sus frases lo promueven entre quienes exageradamente lo consideran un genio, pero aumenta la ira de los no pocos que quisieran catapultarlo lejos del éxito: negros muchos (porque no defiende sus derechos), críticos bastantes (por repetitivo). Nada, Lenny Kravitz se deja escuchar y vende.
A Chile llegó primero su sombra, aunque hoy las radios lo tocan no con euforia, aunque sí con reiteración. Y es que el negro de pelo con rulos, comenzó a sonar al este de la cordillera un par de años atrás, cuando cambió la carrera de la apetecida adolscente francesa, Vanessa Paradis, con la cual asegura, mantuvo una relación estrictamente profesional. No hubo amores, dice, y el que quiere lo puede creer.

Wp-LENNY-450

Lo que sí es cierto- así lo certifica el registro civil de Manhattan- es que Kravitz estubo bien casado con Lisa Bonet, la hija mayor en El Show de Bill Cosby. Con la bella actriz grabó su primer disco, Let Love Rule, y a ella le dedicó It ain`t over`till it`s over, hasta ahora la canción más importante. Fue también Lisa quien le heredó ese aro de plata que le atraviesa el lado izquierdo de la nariz y que tantos beneficios le ha reportado entre los que admiran primero su imagen y luego su trayectoria.

El que se queda por esto e insiste en aquella vieja frase tantas veces usada por la crème de la crème humana: “No soy un sex symbol, sólo hago mi trabajo. Lo demás me parece histeriquismo”. Sin embargo, de sicólogo o no, Kravitz no deja oportunidad de fotografiar parte de sus tatuajes (tiene dos en el cuerpo: un dragón chino en un brazo y un crisantemo en otro sitio más sensual) o difundir que no usa calzonsillos, a pesar de que su madre le envía un cargamento dos o tres veces al año. Hasta hace un mes, lo hacía a su departamento de Nueva York; desde los próximos días la encomienda llegará a su nueva casa de Bahamas, Eleuthera, donde piensa instalarse a meditar y a crear.

Ahí quiere llevar a su ingeniero de sonido Henry Hirsch, a vivir seis meses, para que juntos, comiendo vegetales de su huerto orgánico, den vida a un nuevo gran disco.

Hasta el mar Caribe tendrán ue viajar mamá con sus afanes, admiradores con sus pretensiones y los famosos que deseen su colaboración.
Kravitz se tiene fe y sueña con que todo irá de maravillas. Mal que mal su manejo musical es innegable, tiene a su haber dos discos de oro, trabajos con Mick Jagger, Madonna, Aerosmith, Slash y la Paradis, entre otros. Sabe que no lo olvidarán, al menos no ahora, que los sesenta están tan in.