Todo apuntaría a que esta vez va en serio. Después de una ruptura con elástico en 2013, en una de las movidas más erráticas que recuerde nuestra escena en época reciente, ahora Dënver sí se transformará en un proyecto concluido. Lo será concretamente a partir de este domingo, cuando el exitoso grupo local haya finalizado su ronda de despedidas en la discoteca Blondie, estas noches de viernes y sábado.

Pero, momento. Paños fríos otra vez. Tal como en 2013, esta vez el quiebre fue nuevamente puesto en entredicho. No con tanto entusiasmo como para meter reversa, como ocurriera entonces, pero al menos sí para cambiar el discurso inicial de la etapa superada, por uno más relativo de pausa indefinida (El Mercurio, 1 de agosto).

¿Hay que apuntarlos por ello? ¿Están vendiendo humo, acaso? Por cierto que no. Lo más seguro es que en Milton Mahan y Mariana Montenegro efectivamente se haya alojado la convicción de hacer otras cosas, quizá hasta una cierta saturación con lo realizado hasta ahora, y una legítima necesidad de desarmar un hogar para habitar otro. No hay nada de malo en ello.

El error quizá está en cómo digieren y comunican esas inquietudes. Con notorio apresuramiento, tal vez, poniendo palabras concluyentes allí donde hacían falta otras más templadas. O contemplando la disolución como única alternativa viable, cuando aquello se ha transformado casi en un anacronismo según la lógica actual de la industria.

Pruebas al respecto hay varias. Los Fabulosos Cadillacs, por ejemplo, pueden no verse las caras en cinco años, estar rompiéndola con proyectos en solitario, pero así y todo nunca dejan de considerarse parte de un colectivo dormido, que en algún momento indeterminado tendrá que despertar. Mike Patton, en otra vereda, es reconocido por mantener andando una diversidad de proyectos a la vez (Mondocane, Tomahawk, Fantômas, Faith No More, Dead Cross, etc.), sin que la actividad de uno implique el fin de los otros, por más tiempo que una marca aparente estar en off.

Ya sin sellos que transformen a los grupos en empleos de tiempo completo, sin ejecutivos que hablen de desperfilarse por apretar otras teclas, y con la independencia elevada a norma antes que a excepción, asistimos a una era en que la promiscuidad creativa puede ser reconocida como un valor.

Desde ahí, las necesidades manifestadas por Mahan y Montenegro, en cuanto a dar vida a producciones individuales, juntarse ambos en proyectos de otro corte, pausar al dúo que han sido y reunirlo en un futuro indeterminado, parecen llevar a una sola conclusión: No es necesario que Dënver se separe.

Es, por lo demás, el destino que uno desearía para uno de los proyectos más refrescantes de la escena local en la última década: Verlos con sus energías puestas en otros desafíos, deambulando por escenarios bajo otro nombre, pero con la certeza de que, tarde o temprano, el nombre de Dënvervolverá a aparecer en un cartel.

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