En la columna anterior, a propósito de las mejores canciones en lo que va del siglo XX según Rolling Stone, ya ahondamos en la naturaleza de ese tipo de listas: Más que como un intento de instalar una verdad, debemos verlas como un acicate, un incentivo a la discusión. Mal que mal, la valoración de los méritos varía siempre de un auditor a otro, y entre ellos aflorarán los acuerdos totales, parciales o nulos, así como nuevos órdenes para continuar con el debate.

Sin embargo, ello no quita exigir un mínimo de rigor al encargado de lanzar la primera piedra, más cuando lo que está en juego es la historia completa, según propio planteamiento.

Eso es lo que sucede con la lista del mismo medio que pretendió resaltar a las “50 mejores canciones latinas de la historia”, y que en Chile fue ampliamente comentada por contar con presencia de dos figuras locales: Los Prisioneros (con “Tren al sur”) y Álex Anwandter (“Cómo puedes vivir contigo mismo”).

Meritorio, por cierto, y ambos pueden exponer razones para estar ahí. Los de San Miguel, por ser la piedra fundacional del nuevo pop chileno, otorgando raigambre local al sonido de sintetizadores, tanto en lo estético como en lo espiritual; el solista, en tanto, por tomar esa herencia y transformarla en tradición junto a la generación actual, incluyendo un soplo de apertura, diversidad y liberación.

¿Pero sólo ellos? ¿Y qué pasa con ésos que aquí elevamos a la categoría de padres fundadores de nuestra cultura contemporánea, como son Violeta Parra y Víctor Jara, sujetos de admiración en todo el mundo? ¿Qué ocurre con Los Jaivas, eje fundamental del rock con sello latinoamericano? ¿Qué hay de Inti-Illimani, Illapu o Quilapayún, embajadores de la cultura andina y voceros de nuestras batallas, ampliamente reconocidos en Europa? ¿Qué con Lucho Gatica, icono iberoamericano del bolero?

Ninguno de ellos está, tal como ocurre con baluartes como Roberto Carlos, Sandro y Charly García, además de uno de los nombres más populares, queridos y transversales de nuestra región: Soda Stereo.

La ausencia de todos ellos se hace más pasmosa al ver entre los 50 reconocidos a Don Omar, Enrique Iglesias, Proyecto Uno, Pitbull, Elvis Crespo y El General, entre otros nombres algo menos destacados del paisaje latino.

Afortunadamente, ninguno de ellos en zonas tan altas del escalafón, donde sí abundan la salsa, el son, el mambo y otros ritmos de manual. “Bonito y sabroso” (Benny Moré), “La bamba” (Ritchie Valens), “Más que nada” (Sergio Mendes y Brasil 66), “Oye cómo va” (Santana), “El periódico de ayer” (Héctor Lavoe) y “Plástico” (Rubén Blades), amarran el continuo de partida, que recién en el lugar 7 se abre a Juan Gabriel con “Querida”.

La conclusión a la que llevan todos los mencionados, los de más arriba y los de más abajo, parece ser una sola: Más que una lista con las mejores canciones latinas, se trata de una con aquellas que mejor representan el estereotipo de lo latino, de acuerdo con el cliché anglo.

Es decir, una región de música tropical, baladas cortavenas, sonido mexicano y pachanga variopinta, amén de una que otra sorpresa, como para asegurarse de parecer conocedores y diversos.

Pero allá ellos. Al menos a nosotros nadie nos tiene que venir a contar de nuestra riqueza musical. Sabemos lo que tenemos y lo que somos, y una lista reduccionista no cambiará esa historia. Por fuera de nuestro idioma, en tanto, será cosa de cada cual si quiere o no creerla, pero si así fuera, pues ellos nomás se lo pierden.

 

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