En abril cumplió 40, pero lejos de sentirse tranquilo con la estabilidad que le han dado sus logros, Lalo Prieto se urgió. A estas alturas, haber alcanzado grandes cosas como dirigir dos películas (El derechazo y Stefan v/s Kramer), participado y protagonizado un buen número de obras —entre ellas, las exitosas unipersonales Nahuelqueo, un hombre con carácter y 7 Pecados—, asesorar en contenidos a TVN, ser guionista y sparring de Kramer, y desempeñarse en la actualidad como director creativo de programación de Canal 13, le encendieron las alarmas de que estaba empezando a estancarse. Fue entonces cuando pensó: “Si no hago un quiebre ahora,¡me voy a achanchar!, porque los próximos veinte años se pasarán volando”. Decidió, entonces, que era el momento de hacer un nuevo montaje, y consideró una buena idea relatar cómo llegó a los 40. Repasando su vida, se percató de que tenía un tema con los autos, ya que se le aparecían una y otra vez sus malas experiencias en la compra y venta de éstos en que siempre perdía plata y, de paso, le acarreaban feroces conflictos familiares. “Por un lado, no sólo te estafan las automotoras al recibir tu auto, ¡también te humillan! Hice un análisis de éstas, de sus vendedores que son cuicos, ¿te has fijado? Sospechoso eso, como si las automotoras fueran un curso rehabilitador de paltones, casi como ‘¿hijo, te fue mal en los negocios?, ¡tení que vender autos!’”, dice riendo, pero esto no termina aquí. “Una vez que llegas a la casa y tu señora te pregunta ¿cómo te fue? ¿cuánto te dieron?, cuando le cuentas, saltan pero ¡¿cómo se te ocurre?! Entonces vives en un miedo constante entre hacer buenos negocios afuera y que no te reten en el hogar”.

Fue así como este oriundo de Lolleo, casado con la alcaldesa de Olmué, Macarena Santelices, una hija, que estudió dos años en la academia de Patricio Achurra y a los 22 se lanzó a hacer teatro callejero, creó Estafado y manduqueado —que se presenta en el Teatro Mori del Parque Arauco—. Un retorno a sus orígenes, ya que se trata de una obra unipersonal en la que Prieto (que comparte la dirección con Martín Erazo, líder de La Patogallina) interpreta todos los personajes.

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Estos cuatro años alejado de las tablas lo tienen nervioso, ansioso, ensayando a full. “Estoy mucho más riguroso, no le doy paso a la confianza, aun cuando creo que esta es mi mejor obra; tengo el presentimiento de que será un hit. Me siento más tranquilo en escena, con otros tiempos de actuación. Cuando vivía sólo del teatro, todo era urgente; si no actuaba, no comía, entonces las decisiones eran rápidas. Estafado… es un producto más elaborado, de mayor calidad. Además, es primera vez que hago algo con que la gente se puede identificar, que despierta discusión, ¡a todos nos han estafado alguna vez!”. 

—Pareciera ser el pan de cada día, y no solo en el tema automotriz.

—Pensé también en las isapres, hasta que me di cuenta de que había una gran historia con los autos y la casa. El protagonista de la obra representa a muchos casados cuarentones que, acogotados y con deudas, le echan mano y lo venden, pero resulta que este tipo entre lo que debe y recibe, se queda sin nada. Entremedio, le meten un deportivo alemán, que le genera peleas con su mujer, quien lo obliga a devolverlo y a recuperar el antiguo, con la mala pata de que ¡ya se lo vendieron! A cambio, le enchufan una camioneta china, que falla, no le respetan la garantía, y el tipo comienza a vivir todo lo que es el Transantiago: la tarjeta BIP, el Metro no funciona, con taxistas que le cobran una tarifa mínima y, más encima, lo putean. Termina comprándose una bicicleta, casi lo atropellan, le roban la bici y lo echan de la casa, porque le pasan puras cosas de cabro chico.

—¿Tan dramática ve la realidad de los cuarentones casados en Chile?

—La realidad es que si quieres estar casado y feliz, ¡tenís que dejar que te manduqueen nomás! El otro día un amigo me contaba que se había comprado una pluma exquisita, pero me pidió por favor no le contara a su señora cuánto le costó. Todos vivimos con un poco de miedo a la mujer. Además, como que ahora todo el mundo se separa muy rápido, y como no quieres que te pase, tiendes a sobrecuidarte.

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Estafado y manduqueado es, además, su forma de patalear desde su rol de actor frente a un sistema que considera abusivo y tramposo. “Aunque cada vez los chilenos reclamamos más y permitimos menos engaños. Hoy contamos con más libertad para decir las cosas y disparar, aunque el sistema es complejo aún. De hecho, al final de la obra cuando el tipo se vuelve loco y comienza a matar gente, aparece el dueño de la cadena de automotoras; una especie de Dios que me pregunta para qué quiero mi auto, si me voy a ir preso. Y yo me río y le contesto ¿acaso es extranjero o muy inocente? Estamos en Chile, aquí no funciona la salud, la educación, el transporte ni la justicia. No pasaré ni un día preso, tengo irreprochable conducta anterior y alegaré locura temporal, a lo más pasaré un día con arresto domiciliario. Es lo que se llama puerta giratoria, así es que, ¡devuélvame mi auto!”.

—¿Qué le produce esto?

—Es nuestra realidad nomás. Y uno de los motivos por el que hice esta obra, es para recuperar toda la plata que he perdido en autos; todas las estafas de las que he sido víctima por parte de las concesionarias. Ya no peleo más con los vendedores; este es mi desquite, ¡mi venganza!

—Vuelve al estilo unipersonal, ¿le acomoda trabajar solo o es su diferencial con respecto al resto?

—Pasa que tengo el método de escribir el guión como si fuera una película. Fue ese lenguaje cinematográfico el que me unió con Martin Erazo (co-director), después yo me subo, y comienzo a narrar y armar solo los personajes. Tiene un poco que ver con lo que hacía Mc Phantom —a quien admiré de niño—, de contar historias, hacer los ruidos. Es el sistema que me acomoda y engancha al espectador, porque es más rápido y dinámico. Me cuesta trabajar con más personas, no me interesa, me aburre. Cuando dirijo, lo hago desde afuera, no me involucro con los actores; esto otro, en cambio, es mío, lo paso bien. Enfrentarte solo al público te da un vértigo distinto, es un desafío mayor, lo mismo que el teatro callejero.

—Como director de El derechazo ninguneó a varios políticos, hoy como están las cosas podría darse un festín con ellos, ¿le interesa retomar esa temática?

—La verdad, no tengo gran amor por el cine. No me entretiene dirigir, meterme en un set, estar con los actores; esa vida social que conllevan esos eventos. Tiene que ver mi personalidad compleja, funciono mejor de a uno o dos, con los que tengo confianza. Selecciono muy bien con quien me relaciono, a quién le doy mis ideas, con quién las debato, y en el cine hay que lidiar con mucha gente. Además, de hacer algo, tendría que hacer a los políticos; no soy imitador, no es mi veta. Habría que hacerlo con actores, quizá con Stefan (Kramer); no sé si quiera en realidad, estamos en cosas distintas, aunque lo sigo asesorando una vez a la semana, pero más como amigo y colaborador. Hoy la mayor parte de mi tiempo la destino a Canal 13.

“Siempre miré en menos a la TV, a la gente que trabajaba en ella, por esto de dártelas de actor intelectual. Y cuando entré al programa Halcón y Camaleón como guionista de Kramer, me di cuenta de que no era fácil, era un trabajo duro. Lo empecé a valorar, aprendí mucho. Es un tremendo monstruo que hay que entender. Hoy mi pega en el 13 es más una salida creativa, voy mirando más hacia adelante, al 2016, 2017 que el día a día”.

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—Aun así tendrá un diagnóstico de la actual crisis de sintonía.

—Tiene que ver con los tiempos, con las distintas plataformas, con internet. No somos los mismos, en los ’90 había dos teleseries con 30 puntos cada una; hoy eso no existe. Si alguien le pegó el palo y consigue 25 puntos, los otros quedan con 5, y así no puede sostenerse un área dramática, a menos que le metas más plata, pero los dueños de canales, por mucho que tengan, también se aburren de perderla. El negocio es complejo.

—Algunos rostros de TV acusan falta de creatividad, en vez de competir con algo diferente, terminan todos los canales ofreciendo lo mismo. Nadie se atreve a innovar.

—El mercado —no sólo la televisión— se mueve así. Cuando están de moda los bototos, nadie se compra botas con punta. Y eso no solo pasa acá, en Argentina Las mil y una noches la está rompiendo. Son buenos productos, no hay nada que hacer ahí. Un canal arriesgó con dos teleseries y está perdiendo la chorrera de plata. No es el momento. Esto es igual que el póquer, cuando hay uno con buena mano, debes guardar tus cartas aunque tengas un par de ases. Estas son guerras energéticas, la energía hoy está con Mega. Hay que aguantar el chaparrón, y cuando veas que abrió un poquito, ahí tirarte con cosas nuevas. Igual lo hemos hecho con The Voice o Master Chef. Es complejo; la creatividad requiere inversión, y hoy no está de moda invertir, al contrario. Está de moda reducir costos porque los canales han perdido mucha plata, están muy golpeados.                                                                                            

—Tampoco los ejecutivos tienen paciencia para que madure algún producto televisivo.

—No están los tiempos para esperar. Hoy si algo no funciona altiro, no ocurrirá después. Las redes sociales y la comunicación son muy potentes, sale algo y si lo pintan “la raja”, todas las moscas llegan, si se opina que es malo, no van a llegar. Lo mismo pasa con las películas y obras de teatro, si estrenas un jueves, ese mismo día en la noche ya sabes cómo te va a ir.

—Así entonces estamos frente a una TV súper desechable.

—No es que lo sea, pasa que estamos todos muy comunicados, cosa que no ocurría antes. Hoy en el mundo no da para equivocarse ni para tener segundas lecturas. Terminaste, y sabes de inmediato si el elástico funcionó o no, ¡al primer pencazo!