El 6 de septiembre de 2007 el mundo despedía a una de las voces más famosas de la lírica. Luciano Pavarotti moría a causa de un tumor de páncreas a los 71 años en su casa de Módena, rodeado de su segunda mujer, Nicoletta Mantovani, y de sus cuatro hijas. ‘Big Luciano’, como era conocido en el mundo anglosajón, contribuyó a popularizar la ópera hasta convertirla en un fenómeno de masas.

El peruano Edwin Tinoco, su asistente personal durante 12 años, revela algunos de sus secretos en Pavarotti
y
yo (Editorial Aliberti), donde repasa su vida al lado del tenor italiano. Uno de los recuerdos que permanecen grabados en la memoria del ex asistente es el día en el que conoció al divo. Era 1995 y trabajaba como encargado en un hotel de cinco estrellas de Lima. Pavarotti había acudido a la ciudad para ofrecer un concierto y nada más conocerle le ofreció que se convirtiera en su asistente durante los días que tenía previsto estar en Perú. Un día antes de abandonar el hotel, el tenor le preguntó: ‘¿Cuánto tiempo necesitas para venirte con nosotros?’. “Cinco minutos”, le respondí. “Entonces el ‘maestro’ llamó a otro colaborador y le dijo que preparara mis billetes, que me iba con ellos”, cuenta Edwin. Una semana después de aquella conversación, estaba volando hacia Brasil para reunirse con el cantante del que nunca más se separaría.
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‘Ciccio’ (gordito, en italiano), como le solía llamar Pavarotti, se ocupaba absolutamente de todo. Desde prepararle la agenda hasta hacerle la maleta o responder al teléfono al mismísimo Frank Sinatra. “Ciao, soy Frank. Quiero hablar con Luciano”, me dijo. “¿Pero qué Frank?”, le respondí. “Frank Sinatra”. “Me quedé mudo. No le reconocí. No podía creer que estuviera hablando con él”, cuenta divertido. Eso fue en 1995. Con los años se acostumbró a saludar a otros personajes internacionales como Lady Di, Bill Clinton o Liz Tylor. “Pero quien más me impresionó fue Nelson Mandela. Fue en un concierto de los Tres Tenores en Sudáfrica. Durante el descanso entró en los camerinos y le regaló al ‘maestro’ el libro Un largo camino hacia la libertad, recuerda. “Estrecharle la mano fue increíble. Transmitía una energía que te recorría todo el cuerpo”.

Viajaban alrededor del mundo con decenas de maletas cargadas de aceite, pasta y salsa de tomate. Pavarotti adoraba comer y cocinar. Los hoteles de lujo debían instalar una cocina en la suite para que el tenor se pusiera delante de los fogones. Otra de sus pasiones era jugar a las cartas. Incluso llegó a echar una partida durante la fiesta de su boda con Nicoletta Mantovani. Apasionado por las cosas sencillas, también tenía algunas manías, como dormir en sábanas negras o cubrir las ventanas con papel de aluminio para que no entrara la luz.

Pavarotti consiguió ser el número uno gracias a una afortunada mezcla de talento, esfuerzo y carisma. En 1965 triunfó en el prestigioso Teatro alla Scala de Milán con ‘La Bohème’ bajo la dirección de Herber von Karajan. Un concierto que le abrió las puertas de los teatros del mundo más importantes, como el Metropolitan de Nueva York. Pero su fama adquirió proporciones desconocidas  para un cantante de ópera gracias a su unión con Plácido Domingo y José Carreras en aquel primer concierto de los Tres Tenores en 1990, que se convirtió en un evento musical y mediático. “Cuando se encontraban los tres era diversión total”, recuerda Edwin. “Luego, cuando el ‘maestro’ enfermó, Plácido me llamaba a mí todos los días para saber cómo se encontraba. No quería molestarlo. José vino muchas veces a Italia para visitarlo”.

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Los Tres Tenores fueron un antes y un después en la vida de Pavarotti. Los aficionados recuerdan todavía sus conciertos bajo la Torre Eiffel en 1993 o ante más de 250.000 personas en el Hyde Park de Londres. En 1992 Pavarotti se embarcó en una nueva aventura musical. En ‘Pavarotti and Friends’ el divo italiano se subió al escenario al lado de estrellas del pop y del rock para unir la música ligera a la lírica en favor de organizaciones humanitarias.

El libro de Tinoco ha estado casi cuatro años en un cajón. En 1993 la viuda del tenor, Nicoletta Mantovani, amenazó con una demanda contra el ex asistente para evitar que fuera publicado. “Yo había firmado un pacto de confidencialidad, algo normal cuando se trabaja para un personaje famoso”, explica. “Pero nunca he pretendido hacer daño a nadie. Solamente he tratado de hacer un homenaje a la persona que me cambió la vida. Me parece justo recordarlo en su décimo aniversario. No volveré a hablar nunca más”, insiste.

El libro es un homenaje plagado de anécdotas de la vida cotidiana del ‘maestro’, como se referirá siempre Tinoco a Pavarotti durante nuestra conversación. No ha querido profundizar en la parte más polémica y privada de la vida del tenor, quizás el gran temor de la viuda. La relación de Pavarotti con su secretaria, 34 años menor, era un secreto a voces. Pero unas fotografías de la pareja besándose publicadas por una revista italiana en 1996, precipitó el divorcio de su primera mujer, Adua Veroni, y madre de sus tres primeras hijas —Lorenza, Cristina y Giuliana—, después de casi cuarenta años juntos.

La traición no fue una sorpresa para Veroni, que descubrió la infidelidad de su marido gracias a la confesión de la propia secretaria un año antes. Tinoco rememora el episodio con detalle. Pavarotti actuaba en el Royal Albert Hall de Londres. Mientras la gente tomaba sus asientos y el tenor se preparaba, Adua y Nicoletta se encontraron en el camerino. “Señora Veroni, usted debe saber que las voces que circulan son ciertas: Luciano y yo nos amamos”, dijo Nicoletta a la todavía esposa de Pavarotti. “Adua ni siquiera respondió”, cuenta Edwin, que prefirió salir del camerino en ese momento. En 2003, después de 11 años juntos, el tenor se casó con Nicoletta. Un año antes había nacido Alice, la única hija de la pareja.

—¿Qué relación tiene en la actualidad con las dos familias?

—Con Adua Veroni y sus tres hijas mayores es maravillosa. Me llaman “hermanito”. Con Nicoleta Mantovani nuestra relación era diferente, de mucho respeto, pero diferente. Y digo era porque desde el día que murió el ‘maestro’ no hemos vuelto a hablar.

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La muerte del tenor supuso un tsunami para toda la familia. A pesar de que las hijas del primer matrimonio e incluso su ex mujer estuvieron al lado del divo y de su nueva familia durante su enfermedad, tras su muerte todo precipitó. En una primera versión del testamento Pavarotti dividió a partes iguales su herencia, según marca la ley italiana. El 50% de sus bienes –valorados en unos 200 millones de dólares— los distribuyó entre sus cuatro hijas y el otro 50% fue a parar a su viuda. Sin embargo, la existencia de una segunda versión del testamento, redactada seis semanas antes de morir, y en donde Nicoletta resultaba además heredera universal del patrimonio en Estados Unidos del tenor —tres pisos y diversos bienes por valor de 15 millones de euros— provocó un enfrentamiento con las hijas mayores. Un año más tarde, la primera familia de Pavarotti y su viuda llegaron a un acuerdo que no trascendió. Una década después, las dos familias le han rendido tributo por separado.

En sus últimas voluntades, Pavarotti también tuvo un recuerdo para sus amigos y colaboradores a los que quiso agradecer su lealtad. Tinoco recibió 500 mil dólares y más de 500 corbatas, al igual que su histórica secretaria, Verónica Zeggio. “Nunca me interesé de la herencia, pero las palabras con las que nos reconoció a Verónica y a mí en sus últimas voluntades en el testamento fueron muy bonitas y especiales”, recuerda. El mejor legado que pudo recibir, reconoce Tinoco, es haberle conocido. “Ahora soy agente de cantantes líricos y mi esposa es soprano. El ‘maestro’ me cambió la vida, me enseñó a amar la lírica y una profesión”. Qué más se puede pedir.