Dos meses antes de morir, en agosto de 2006, Humberto Lozán, la voz insigne de la Orquesta Huambaly, recibió un regalo inesperado: el documental de Win Wenders Buena Vista Social Club, que describe el fulgor y popularidad, a fines de los ’90, de músicos cubanos que habían estado desaparecidos musicalmente desde hace cuatro décadas. Cuando terminó de verlo, el cantante se deprimió. Sintió que ese relato de resurrección de artistas de su misma generación podría ser su propia historia. Pero en Chile era distinto: no se sentía valorado. “La Huambaly era mucho mejor que este grupo, pero en Chile la gente no tiene memoria. Nunca nos llaman para entrevistarnos y nunca nos dan premios. Fuimos la primera orquesta que salió de Chile a Europa, a fines de los ’50 y los jóvenes ni nos conocen. Así es Chile con sus artistas”, dijo a este periodista.

Lozán se fue triste y en el olvido, pero si siguiera con vida estaría feliz con el giro de la historia. Desde hace poco más de un año, Marcos Aldana, músico de sesión e hijo del saxofonista primario de la Huambaly, Kiko Aldana, decidió sumar a una decena de músicos, reformular la banda y trabajar a la usanza de los originales: con partituras y sin pistas. El arranque ha sido mejor de lo previsto. Si, en un comienzo, la idea era tocar en clubes de jazz para revivir esos clásicos del mambo, cha cha cha y recrear los años de bohemia capitalina, con los meses la apuesta fue en ascenso. Tocatas periódicas durante el año, giras por regiones durante el verano, un show a tablero vuelto en el Parque de las Esculturas en Providencia y ofrecimientos para tocar en el extranjero están transformando este regreso en un pequeño fenómeno. Aldana cree que el éxito de esta nueva etapa se debe a que clásicos de la Huambaly como “El Lechero”, “La Basura”, “Arroz con Palito” o “El Bodeguero” son transversales. 

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“Es una música que evoca. Las personas de entre 40 y 50 años se acercan y me dicen que lo escuchaban en la casa cuando estaban con sus padres; “Arroz con Palito” es una canción de cuna que varios niños reconocen o hay algunos que nos piden que hagamos los shows a las 5 de la tarde en lugar de las 9 de la noche para llevar a sus papás”, reconoce Aldana.

Bautizados Huambaly en honor a un pequeño pueblo del sur, la banda original partió a mediados de los ’50, haciendo shows en el céntrico restorán Nuria. De ahí saltaron a los espectáculos radiales y a las giras por Argentina y Perú. Eran un fenómeno: los fines de semana tocaban tres veces por noche. El peak ocurrió en 1959. Los reclutaron para una gira europea —la primera de una banda chilena a ese continente— por Francia, España, Bélgica y Holanda. El tour fue un éxito, pero la convivencia un desastre. Algunos se quedaron y, la mayoría volvió. Ahí se acabó la magia.

Pero en los últimos meses, el entorno ha conspirado para el renacer de la Huambaly. La moda por las cumbias ha decrecido y, en su lugar, algunos grupos jóvenes —estudiantes de conservatorios y academias— están redescubriendo estilos como el bolero, el mambo, el cha cha cha y el jazz. “Muchos nos han llamado porque quieren aprender, nos piden clínicas. Es bonito que la gente más joven se interese. Sé que en Concepción hay una banda que toca música similar a la Huambaly que se llama La Remolienda; el periodista Humberto Sichel formó una banda que toca covers nuestros, aunque en un plan más aficionado y me contaron que Los Peniques, una banda similar y de la misma época de la Huambaly, se está reformando. Ojalá que esta tendencia se desarrolle y se vuelva a vivir la bohemia de esos años. Los chilenos necesitamos pasarla bien y tener alegrías”, sostiene, pues a su juicio “la dictadura acabó con todos los espectáculos nocturnos, se terminó la noche. Los medios tampoco pusieron las cosas en su lugar y obviaron esta música”. 

A sus 90 años, Carmelo Bustos es uno de los pocos sobrevivientes de la Huambaly. Fue director musical de la orquesta entre 1954 y 1960 y su pericia con el saxo y el clarinete tiene sello de distinción. “Somos la mejor banda tropical de Chile”, dice y no se arrepiente de haberle cerrado la puerta a las sorpresas que le puso el destino: se negó a las ofertas para actuar en bandas durante su gira por Europa en 1959. “No era para vivir allá como lo hicieron otros compañeros. Aunque lo pasamos bien. Tocamos en el mismo lugar con Paul Anka y Edith Piaf, que era una mujer bajita, de piernas chuecas y con una voz de oro”, rememora.

Bustos, un músico que todavía hace clases a las nuevas generaciones, fue el invitado estelar en el show más masivo —hasta ahora— de la Huambaly 2015 en enero pasado en el festival de jazz de Providencia. La idea de incorporarlo, dice Aldana, fue mantener el espíritu y la tradición de la banda original. “Fue bonito”, indica Bustos, mientras Aldana reconoce que esa presentación fue un quiebre: ese día se convencieron de que su música es parte del ADN chileno. “Empezamos tocando cosas de Los Simpsons, Los Picapiedras y Monster Inc. Mucha gente se estaba yendo y volvieron. Estábamos en el Parque de las Esculturas y fue impresionante mirar al otro lado del río. Hubo unas dos mil personas bailando porque eso es lo que provoca nuestra música: bailar. Y más encima tuvimos en un par de temas a Carmelo Bustos que recibió una ovación. Fue una noche redonda”.

Marcos Aldana cuenta que la actual formación cumple el primer requisito para ser parte de la Huambaly: tener un entrenamiento musical riguroso. En el grupo no hay figuras ni capitanes. Todos son obreros. “Al principio, costó hacer el grupo porque muchos de los que invité a participar no querían ni ensayar. Solo querían tocar el sábado y que el lunes les pagara. Mantuve la tradición de la Huambaly de ensayar y mejorar. Eso es lo único que te impulsa a pasar a nuevas etapas. Creo que tarde o temprano debemos tener una instancia gubernamental donde nos puedan apoyar, que sea una banda que potencie a los músicos chilenos y que las generaciones sigan aprendiendo de esta escuela artística. Somos parte del patrimonio musical chileno.”