Curiosidades de la agenda: Justo cuando el grueso de los medios se preparaba para celebrar los 60 años de la “reina del pop”, y quizás recordar los 41 transcurridos desde el deceso del “rey del rock”, otra figura de la realeza encontró la hora de partir, cambiando el panorama por completo. Al lado de monarcas como aquellos, la “reina del soul” se planta en este “quién es quién” desde la vereda alternativa de la ausencia, para dejar en claro que un mundo sin ella puede tornarse algo más huérfano y desorientado. Ése es el peso que tiene.

Aretha Franklin ha partido. Después de días agonizando a causa de un cáncer que terminó por extinguirla, una de las figuras más determinantes en la música popular del último siglo dio su último suspiro en la mañana de este jueves, para dar definitivo paso a la leyenda.

Pero, si somos justos, hay que reconocer que la cantante no necesitó de ese último suspiro para alcanzar ese estatus: lo había conseguido décadas antes, no sólo incluyendo temas en las listas ni transformándose en figura fundamental de un género completo, sino también erigiéndose como símbolo en tiempos en que los escenarios podían tener una funcionalidad distinta a la de la fama y el ego. Incluso del propio arte.

No por nada las comunidades afroamericanas llegaron a tenerla como una suerte de madrina, una figura más allá del bien y el mal, cuya sola presencia podía ser motivo de emoción y solemnidad. No por nada los movimientos feministas la reconocen como una pionera, que se saltó los discursos para pasar a la acción: Reclamar un lugar en un mundo hecho a la medida de los hombres, hasta abrir una ventana que hasta hoy muchos quieren cerrar (o al menos obviar).

Por eso es que discusiones tan actuales como aquellas sobre paridad en festivales y otros estamentos del mundo de la música, estarán a partir de ahora teñidas por la estela de esta figura ausente, aunque ese último sea siempre un concepto relativo cuando se trate de Aretha.

Porque, antes de su muerte, cuando esbozó algo similar a un retiro, una pausa o incluso un decaimiento, Aretha siempre estuvo ahí. En sus éxitos, tan determinantes y planetarios como para no saber de temporalidades; en su estética fundacional, luego seguida al pie de la letra por referentes contemporáneos como Amy Winehouse; en su calidad de eslabón y de detonante, avivando los códigos que luego reinterpretarían la escena disco y otras que la sucedieron; en lo político, reconocida como presencia necesaria en el larguísimo proceso que terminó con un afroamericano en la Casa Blanca.

Partió Aretha, pero no puede partir tanto tampoco. Mucho antes de que la mañana de este jueves llegara con impulso fatal, la “reina del soul” se preocupó de dejar al mundo bien impregnado con su estampa, obra y simbolismo. Las noticias dicen que ya no está, y aunque el timeline de Twitter lo recuerde una y otra vez, por alguna razón aún cuesta creerlo. Será que Aretha y muerte, en definitiva, son dos palabras que nunca calzaron, y no será este el momento en que lo hagan.

Comentarios

comentarios