Las razones pueden ser varias: Por un lado, hablamos de un país en que, si bien la cueca ha repuntado, sigue siendo un género tan marginal como el resto del folclor en los auditores típicos, quienes construyen sus bandas sonoras cotidianas a punta de Maluma, Shakira, Arjona, Romeo y otros tantos de ese saco. Por otro, nos hemos criado con una visión unívoca de la tradición derivada de nuestros años escolares, donde todo se reduce a una pieza representativa por cada baile regional (“La mazamorra”, “El costillar”, la resfalosa de “Doña Javiera Carrera”, etc).

En estas fechas, ambos factores se combinan, el mapa de lo tradicional evidencia su estrechez, y finalmente todo termina nuevamente en esas viejas canciones escolares, más tonadas como “Qué bonita va” y cuecas como “La consentida”. Lo mismo, una y otra vez, y de nuevo… Pasa en un grueso de fondas, en asados promedio, y ni hablar de supermercados o centros comerciales.

El efecto colateral es obvio y demoledor: Una indeseable saturación, similar a la experimentada en Navidad con la majadería de “Noche de paz, noche de amor” o “Jingle bells”.

¡Y eso que estamos hablando de las melodías que supuestamente nos identifican! Aquellas que deberíamos disfrutar a rabiar, henchidos de orgullo e inundados de ese sentimiento que sólo puede aflorar entre quienes nos sabemos pertenecientes a lo mismo.

¿Cuál es el problema entonces? Fácil: Que Chile es mucho más que “La consentida“, con el respeto que esa pieza nos merece. Que más allá de las cuecas establecidas como oficiales por las élites y los oscuros años de la TV ochentera, existe un vasto cartel de exponentes de viejo y nuevo cuño, en cuyas voces se refleja el mundo que realmente ha vivido al amparo de esas melodías, y no sólo la recreación de cierto campesinado.

Hablamos de Los Chileneros, Los Perlas, los Hermanos Campos, María Esther Zamora, Pepe Fuentes, Los Tricolores y una lista tan generosa que se vuelve prácticamente interminable.

Pero ojo, que tampoco se trata sólo de cueca, amén de ritmos chilotes o andinos. La chilenidad contemporánea es un territorio de enorme amplitud, y en ella por cierto que ha influido el intercambio cultural con otros pueblos.

Una canción tan patrimonial como “La joya del Pacífico”, por ejemplo, es en rigor un vals peruano, y bien saben los cantores del Puerto que ese género, junto a próceres como Lucho Barrios, están metidos con justa razón bajo nuestra piel.

Lo mismo podemos decir de otros estilos que han sido la banda sonora oficial de nuestra bohemia y nuestros arrabales, como las lecturas locales del bolero y el tango, además de las traslaciones “guachacas” que el tío Roberto Parra hiciera para la polka y el jazz.

Violeta Parra es un capítulo aparte, al igual que Víctor Jara y la Nueva Canción Chilena. Y, por cierto, la cumbia y los corridos, dos géneros que han edificado en Chile una interpretación que en ninguna otra parte del mundo se encuentra, y que hasta los cuequeros más duros han reconocido como parte de nuestra fiesta.

Teniendo un mapa tan amplio, ¿por qué entonces seguir restringiéndonos?

Sigamos dando larga vida a nuestra historia, pero reconozcamos igualmente que ésta se escribe todos los días. Somos chilenos por lo que fuimos, y también por lo que somos. Y ambos capítulos merecen un espacio en la lista de canciones de esta celebración.

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