Las fotos, los videos… en fin, los celulares en alto durante los conciertos, vienen siendo tema recurrente desde hace varias temporadas entre los asiduos a ese tipo de eventos, en una discusión que ya no tiene destino alguno. Hoy parece haber dos posturas en punto de equilibrio, dejando al debate absolutamente empantanado.

Por un lado, están los que detestan la marea de smartphones tomándose la perspectiva hacia el escenario, por un asunto que va de lo visual a lo sociológico: Les molesta la invasión en el horizonte, pero también la alienación tras ese acto, el ritual de un mundo mediatizado y tecno dependiente.

En la otra esquina, en tanto, están los que detestan a los que detestan, ya que en el siempre publicitado recelo de estos últimos se escondería una suerte de germen dictatorial, que sale a luz para decirle a los demás cómo es que se debe disfrutar una experiencia.

Y en eso estamos.

Echándonos al hombro la difícil tarea de desentrañar este entuerto, convengamos en que algo de goce debe haber en quienes graban conciertos (si no, para qué). Tal vez venga de la satisfacción de gritarle al mundo dónde se estuvo, de contribuir al siempre necesario archivo de YouTube, de atesorar un recuerdo de fan o, en la mayoría de los casos, de la simple inercia a la que lleva la masa y la propia tenencia de un teléfono.

Cualquiera lo ha podido ver in situ: Videos captados por tipos que saltan, movidos, enfocando a cualquier parte, y en cuyo audio seguro figurará primero el alarido de la propia voz al cantar, antes que cualquier otra cosa. ¿Qué destino podría tener semejante registro, si no la papelera de reciclaje?

Y en esa acción finalmente inútil, convengamos en que algo, aunque sea unos gramos de experiencia en vivo se vio sacrificada. Algo de atención se llevó el teléfono y no el escenario, y así también un instante se esfumó. Pasó, se fue. Ya no lo podremos volver a asir.

Quizá a algo así apuntaban las proclamas de Billie Joe Armstrong, el domingo en el Estadio Bicentenario de La Florida, cuando pidió al público ver sus caras, e invitó a vivir un momento sin redes sociales ni celulares. Porque tal vez de acudir a uno de esos distractores, no se habría podido participar del todo bien en la liturgia que el cantante lidera al mando de Green Day, y que no da respiro alguno.

Hay saltos por doquier, meneos, disparos de agua, de poleras, asistentes lanzándose a la cancha, guitarras regaladas, besos en la boca, y prácticamente lo que sea que pueda ocurrir arriba de un escenario. La escenografía es elemental, las pantallas gigantes son un chiste, y salvo un par de llamaradas y serpentinas, no hay aquí recurso técnico alguno.

Todo es música y músicos, tan intérpretes como entretenedores, configurando un show en toda su dimensión.

La apuesta de Armstrong se termina cumpliendo. La gente acepta su rol y se transforma en un eje más. Los teléfonos ven su uso reducido al mínimo, y quizás la razón sea tan rotunda como elemental: Una cosa es la imagen y el testimonio, pero otra es la experiencia. Y a esta última, en ocasiones, no hay manera de hacerla caber en una cámara. No queda más que vivirla.

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