Imposible olvidar las imágenes difundidas hace algunos días en la localidad de Olavarría y el desastre que dejó la histeria en el mega recital del Indio Solari: dos muertos —presumiblemente por sobredosis—  y una decena de heridos y desaparecidos producto del desborde generado por este aclamado roquero trasandino.

A Carlos Alberto Solari —su verdadero nombre— se le acusa de haber arriesgado la integridad de los más de 400 mil asistentes por ahorrarse en seguridad y así ganar el máximo posible, a pesar de que ya es millonario. Aseguran que al hombre que vive en Parque Leloir, en Buenos Aires —en el mismo barrio de Susana Giménez y Marcelo Tinelli— rodeado de metralletas y perros Dobbermann, poco y nada le importó el resultado de los desmanes cuando tomó su avión privado y se largó del pueblo, a sabiendas de que el lugar triplicó su población para el gran evento.

Era un negocio que pintaba como redondo, no sólo para el rockero sino para la mayoría de los habitantes de Olavarría que se organizaron para sacar provecho del megaevento montando improvisados locales y arrendando parte de sus casas a los visitantes.

Sin embargo, los ataques y defensas alrededor sólo confirman que en los tiempos de la posverdad, la convicciones personales valen mucho más que la verdad. De poco le sirvió el apoyo de las Madres de Mayo que en el pasado eran sinónimo de autoridad moral incuestionable.

Hoy, los argentinos ya no bancan a las figuras públicas que defienden un modelo de sociedad más humano mientras que en privado codician el dinero y el poder como el capitalista más ultra. Es la polarización ideológica, acentuada por los continuos informes que detallan cómo operaba el pirámide de corrupción desde Cristina Kirchner hacia abajo, los que han hecho de este hecho una mezcla de vendettas, interpretaciones y juicios apresurados.

Antes de la noche del sábado 11 de marzo, la figura del Carlos Alberto Solari era una suerte de intocable en Argentina. Claro que tenía sus detractores y en el pasado sus recitales habían cobrado más de un muerto, pero lo arrolladora de su popularidad siempre le dio un halo de impunidad que ahora se rompió en mil pedazos. Con su primera banda, Patricio rey y sus Redonditos de Ricota, el músico comenzó a construir una leyenda que hizo que la prensa hablara de sus conciertos como “misas ricoteras”. A punta de temas cargados de sarcasmo, desenfado y anti poesía, la agrupación se ganó su sitial en el rock argentino y hoy pocos se atreverían a discutir que es una de las bandas más influyentes de la historia de este movimiento que alcanzó su máxima expresión cuando la dictadura argentina prohibió la música anglo en las radios.

En tiempos en que todos hablan de la muerte del rock, escuchar su disco Oktubre es una experiencia a otro nivel. No por nada, algunos melómanos dicen que Jijiji, unos de los temas de esa producción, contiene uno de los mejores solos de guitarra de la historia. A medida que la banda se convertía en una religión, en un estilo muy maradoniano, también lo hacía su desprecio por los medios y el establishment.

En un punto intermedio entre la anarquía y la izquierda, el músico se convirtió en el símbolo de la resistencia. Una suerte de iluminado más allá del bien y el mal. Ahora, cuando su deseo de organizar el recital más grande del mundo lo trajo de regreso a las páginas policiales es cuando muchos le están cobrando venganza. Alguna vez elogió las políticas sociales del Frente para la Victoria (la coalición de gobierno del kirchnerismo) y eso hoy, al otro lado de la Cordillera de los Andes, a muchos les parece imperdonable. Mientras, en el bando opuesto, aseguran que el desborde del concierto le vino como anillo al dedo al gobierno justo en momentos en que una encuesta arrojaba que dos de cada tres argentinos viven en la pobreza.

Luego, vino el silencio. Sólo declaró ante el fiscal y deslindó la responsabilidad en la productora que organizó sus shows durante los últimos 9 años.