Lo publicó el periodista Eduardo Miranda en El Mercurio el domingo pasado: después de 30 años en Estados Unidos ha retornado a nuestro país la cantante, vedette y actriz Fresia Soto.

¡La de recuerdos! Hacia el año 1963, cuando yo tenía 10 años, Fresia Soto era enormemente popular cantando canciones de Brenda Lee como “Saltemos el palo de la escoba” (1959) o “Uno de estos días” (“Some of These Days” es una canción antigua, de 1910, que Jean-Paul Sartre entreteje magistralmente en su novela “La náusea”).

Tal como Gloria Benavides, Fresia Soto se hizo popular cuando todavía estaba en el colegio. Gloria venía del Liceo 8 de San Miguel. Fresia, del Liceo 4 de Recoleta, el barrio al que le fue fiel mientras vivió en Chile.

Como muchos otros (Sergio Inostroza, Danny Chilean, Nadia Milton), Fresia Soto se inició en el programa “Calducho”, de la Radio Portales. ¡Las radios eran tan poderosas en esos años! Su primer hit fue “Para mí eres divino”, un antiguo éxito de The Andrews Sisters, y “Nunca es demasiado tarde”, de Brenda Lee. Fresia tiene 16 años, una poderosa voz y la acompaña la genial orquesta de Hugo Ramírez.

Recién al año siguiente, 1963, termina sus estudios secundarios e ingresa a pedagogía en inglés. En los años siguientes sigue activamente el éxito del cantante Trini López, con éxitos como “Corazón de melón”, “La bamba”, “Si tuviera un martillo” (la canción de protesta de Pete Seeger también recibió versiones de Peter Paul and Mary, Rita Pavone y Víctor Jara).

Su triunfo más importante viene en 1967. Tenía 20 años, pero era una estrella hecha. Gana el séptimo Festival de Viña con “Cuando rompa el alba”, de Willy Bascuñán (el único compositor que ha conseguido ganar el mismo año los certámenes internacional y folclórico ―con “Voy pa’ Mendoza”).

Para entonces, Fresia Soto era una sofisticada diva de la farándula chilena, con sus hermosas pestañas postizas, sus lentes de contacto azules, sus moños escarmenados… La prensa vivía pendiente de sus romances con Nano Vicencio (Los Rockets, Los Larks) y Alberto Larrondo (Clan 91).

Fresia Soto nos llenaba la vida: la escuchábamos en la radio, la veíamos en los shows, aparecía continuamente en la televisión. Era agradable de ver.

Así fue también cuando en marzo de 1971 la vimos ingresar al Conservatorio a estudiar Pedagogía en Música. Yo estudiaba una sofisticada carrera (Teoría General de la Música), pero compartía clases con los futuros pedagogos. Por ejemplo, la de Filosofía, que impartía Joaquín Barceló en la Sala de La Reforma.

Me iba bien en Filosofía. Yo estaba leyendo mucho a Nietzsche en ese tiempo (un compañero, el hoy compositor Andrés Alcalde, me decía “El Superhombre”) y al Marqués de Sade, lo que me había traído justa fama.

Me iba bien en filosofía. Me saqué un 6 en el primer semestre, y Fresia Soto se acercó a mí para que le enseñará. No estaba claro si quería aprender Filosofía o las enseñanzas del “Divino Marqués”. Ella fue a mi casa un par de veces, y creó harto revuelo. La lavandera le pidió un autógrafo. Mi mamá le sirvió una rica once con pancitos con queso caliente.

Yo tenía 18 años. Ella, 24. Fresia siempre andaba como bailando.

Era regia. De hecho, un par de meses después se transformó, con mucho éxito, en la vedette principal del Bim Bam Bum.

Circulaba en taxi para todos lados; era su lujo. La primera vez andaba con un vestido blanco amplio como de novia; me pasó a dejar a mis clases sobre la historia de la verdad (de Joaquín Barceló) en Huérfanos 1117, y se despidió de mí cariñosamente.

La siguiente vez, andaba con pantalones negros…

Al año siguiente, Fresia Soto se casó con Juan, un compañero nuestro. Yo los veía pololear por el Conservatorio. Después, se fue a Estados Unidos. Ahora volvió.

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