Una gigantesca pantalla 8K era algo sencillamente inimaginable entonces, y proyectores de baja definición, cuando no monitores amontonados unos sobre otros, era lo que había para echar mano. Unas plataformas luminosas subiendo y bajando en perfecta sincronía, quizás sonaba utópico, mientras que las ocurrencias en torno al vestuario, lo más probable es que a menudo chocaran con la realidad de una materialidad limitada.

Pero si un diseñador prototípico de los 80 hubiera tenido todo a su disposición para hacer exactamente lo que imaginaba, seguro que el resultado se aproximaría bastante al “Witness Tour”, la gira con que Katy Perry recaló por segunda vez en Chile, este jueves 8 de marzo.

aaaKATY_PERRY_DGMEDIOS_(C)Jaime_Valenzuela-8645Ante una Pista Atlética con cerca de quince mil personas, la cantante norteamericana volvió a ofrecer un show con derroche de estímulos, tal como sucediera en 2015 con el “Prismatic World Tour”. Pero si el de entonces terminaba su cocción como un revoltijo disparatado y barroco, su espectáculo actual estructura la descarga kitsch sobre la base de una imaginería ochentera de carácter absoluto.

Pasa ese futurismo artificial a lo “Blade Runner”, depurado en la candidez de “Volver al futuro”; luego la estética pixelada, que entonces era el estándar disponible y que hoy es una opción gráfica; y qué decir de los trajes, claro tributo al más atrevido Gaultier, y sobre todo a Grace Jones.

Así, como una versión vainilla de la Pantera, fue precisamente como Perry se dejó ver pasadas las 21 horas: Pelo cortísimo y enlacado, sombra rosa esparcida hasta las sienes, la capucha del traje sobre su cabeza, lentes retro coronando el look.

Podrían ser sólo detalles estéticos, pero el sonido termina de corroborar que la apuesta de la cantante es una verdadera militancia transitoria: Arreglos synth pop imperan en todo el primer segmento, y mutan a new wave en “Hot n cold”; el funk a la ochentas tiene su espacio en “California Gurls”, mientras que “I kissed a girl” cierra con el solo de una guitarrista que luce como eslabón perdido del glam.

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Un notable ballet acompaña las piezas con coreografías y vestuarios que no pretenden sensualidad alguna, sino más bien resaltar el carácter grotesco y lúdico de las escenas; acróbatas intervienen cada tanto para exaltar la cuota de corporalidad; estructuras de gusto discutible (flamencos, rosas, manos) invaden a ratos la escenografía; y como telón de fondo, una enorme pantalla con forma de ojo, además de plataformas y accesos subterráneos que aparecen por todas partes del escenario.

¿Bello? No exactamente. ¿Estimulante? De todas maneras. ¿Entretenido? Sin lugar a dudas.

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Porque ése, el de entretenedora, parece ser precisamente el rol que decidió asumir Katy Perry, quien desde ese momento de iluminación no ha hecho más que superarse en su afán por sobrexcitar a sus seguidores, demostrando que siempre es capaz de darle una vuelta más a la tuerca del exceso.

Para algunos redundará en un océano de mal gusto. Para la nación pop, en cambio, quizás Perry sea la que hoy empuje el carro del atrevimiento y el desprejuicio, rol que siempre es bienvenido en este territorio.

Bien lo supo Lady Gaga, una que hace ya un rato decidió que quería ser tomada en serio, y optó por colgar el traje de carne, que tantos réditos le dio. Desde entonces, el cetro kitsch parecía estar vacante, hasta que Katy Perry decidió hacerlo definitivamente suyo. Ahora le pertenece. Larga vida a la reina.