El hombre soundtrack, la cabeza tras las partituras más notables del cine nacional, nos habla del país que ya no existe y de sus historias de cuneta en la calle Valentín Letelier.

Con la Estación Mapocho llena y la orquesta de la Usach cantádole cumpleaños feliz, el compositor Jorge Arriagada Cousin celebró sus 69 años. Algo tan surrealista sólo le podría haber pasado a él: el hombre tras la música de casi toda la filmografía de Raúl Ruiz (46 películas), que ha trabajado en más de 142 bandas sonoras para directores como Barbet Schroeder (La virgen de los sicarios), Patricio Guzmán (Salvador Allende), Olivier Assayas (L’enfant de l’hiver) y Secretos (Valeria Sarmiento, viuda de Ruiz). Además, musicalizó una cinta no terminada de Orson Welles, It’s all true (1942), entre otros.

Jorge está en el lobby del Hyatt y se le ve contento. Aparte de su cumpleaños, la noche anterior su trabajo por fin se pudo vestir de traje largo en su tierra, donde él y su obra son desconocidos para la mayoría. Aprovechando ese anonimato, Arriagada celebró que lo estaban festejando —el festival de cine Sanfic lo trajo como figura central del jurado— y terminó en un salud con sus amigos en la Peluquería francesa.
Tiene conciencia de la importancia de su trabajo creativo junto a Raúl Ruiz, muerto hace un año y de quien ahora podemos ver La noche de enfrente, su último registro juntos. Calcula que son la dupla que más composiciones musicales para cine ha hecho. “Más que John Williams y Spielberg; que Nino Rota y Fellini, que Hitchcock y Bernard Herrmann y eso que éramos un par de chilenos nomás…”, dice sin falsa modestia.
Nacido y criado en el barrio Valentín Letelier, fue el hijo de una profesora y un funcionario público, un niño que jugaba a la pelota cerca de la Plaza de la Constitución y arrancaba de los pacos en la época en que el rock & roll recién llegaba.
Estudió en el Instituto Nacional, en el Barros Arana y terminó en el Conservatorio de la Universidad de Chile. “Todo gratis”, agrega este chileno que voló a Francia a los 22 años. Su madre, Hilda Cousin, fue una de las primeras mujeres que montó una escuela con el método Montessori donde él aprendió a leer y germinó su amor por la música. A los ocho años ya tenía estudios en el Conservatorio.
Antes de irse del país, Arriagada hizo clases de música en el Liceo Los Leones, “un colegio para patos malos que tenían casi mi misma edad”. Un día, con su hermano quisieron irse a Suiza, país de origen de su abuelo y donde le ofrecían una beca por cuatro meses. Viajó tres semanas en barco hasta Lisboa, pasó por París y se enamoró. En 1966, estudió con el legendario compositor francés Pierre Boulez y fue alumno de Max Deutsch, discípulo de Arnold Schoenberg. Con Deutsch consiguió otra beca, esta vez por cuatro años. Nunca más volvió.

INGRESÓ AL UNDERGROUND PARISINO Y TIRÓ PIEDRAS EN MAYO DEL ’68. “Había un estallido social y cultural. Mis conciertos tenían harto éxito y, en realidad, eran bastante chalados”, cuenta. En esa época tuvo contacto con los escritores Julio Cortázar y Alejo Carpentier. Todo esto, mucho antes de cruzarse con Raúl Ruiz, a quien conoció en 1975, en Berlín. Luego de dos años y sólo con un sintetizador analógico hizo su primer trabajo para el director de Palomita Blanca, Coloquio de perros. “No había un centavo, pero nos fue tan bien que nos ganamos un Premio Cesar. Después hicimos La vocación suspendida, La hipótesis del cuadro robado, Las tres coronas del marinero, etc.”. La orquestación, que partió únicamente con él, creció a tres instrumentos para terminar trabajando con la Orquesta Gulbenkian de Portugal o la Sinfónica de Londres.
“No sé si Raúl era realmente un cineasta, yo creo que era un gran creador contemporáneo que usaba las películas para expresarse. Es un personaje equivalente a un Picasso… a Orson Welles. Y lo importante: nunca salió de su mundo y ¡además le pagaban las películas! ¡Hasta el final consiguió venderlas sin comercializarse! Logramos hacer 46 filmes. Tuvimos una relación de admiración mutua. Era un personaje completo culturalmente. Tenía un talento increíble y una memoria impresionante. Hojeaba un libro y se lo aprendía de memoria”.

Jorge pide un café expresso y se embala contando anécdotas del amigo que ya se fue. “Cuando hicimos Klimt (2005, protagonizada por John Malkovich) me invitó a su casa en París a uno de esos almuerzos regados con buen vino… y me pide que componga puros vals con la Sinfónica de Londres. Justo antes de las grabaciones, me dice que los vals ya no van… Al final tuve que alargar la partitura y él terminó usando 30 segundos de uno de los vals en la película…
—Ruiz era un hombre bueno para la jugarreta.
—Era un niño al que le gustaba jugar. Y como todo niño, cambiaba de opinión. Eso lo convertía en un genio de la improvisación. Teníamos una comunicación tácita. No hacíamos ni maquetas.
—¿Cómo era ese diálogo entre dos compatriotas que pasaron gran parte de su vida fuera? ¿Qué chilenidad los unía?
—Hay algo que uno nunca puede sacarse de encima: la adolescencia. Todavía veo a mis amigos de infancia. Nuestras raíces primarias siempre estuvieron ahí, aunque a Raúl no le gustaban los garabatos. Una vez vinimos a Chile y tratamos de ir a los bares que conocíamos. Al taxista le pedimos que nos llevara al Tap Room o al Mon Bijou… El tipo se da vuelta y pregunta ‘¿hace cuánto que no viven en Chile? ¡Esos lugares ya no existen!’. Entonces se paró en un semáforo y Raúl me dijo: ‘Mira: Pinochet les enseñó a los chilenos a atravesar con luz verde’. Esas eran sus conclusiones… Ja ja ja.
—¿Cómo veía la dictadura desde Francia?
—Muy triste… En el fondo Chile es conocido por dos personas. Ni por Claudio Arrau o Violeta Parra, sino que por Allende y Pinochet. ¡Y Pinochet se echó a todo el mundo encima! ¡Ni a Franco, que fue más malo, lo odiaban tanto!
—Usted viene de la época en que en Chile se estudiaba gratis.
—Ese país ya no existe. Los colegios no se pagaban y tampoco la universidad. Eso daba un equilibrio de clases sociales que se acabó. Yo jugaba fútbol por el equipo de la Carlina en el Vivaceta Fútbol Club. Y póquer con el barrendero. Ahora las buenas escuelas están arriba de los cerros y los hijos de mis amigos no bajan de la Plaza Italia. Hay mucho clasismo. Culturalmente somos enanos… y no lo éramos. Tenemos una economía brillante, pero una cultura pufff… Leí hace un tiempo en el diario Libération un artículo sobre Chile que afirmaba: somos 80º en educación, estamos más abajo que países africanos. Eso no lo entienden los franceses. Yo tampoco.

“ACÁ HAY UN PROBLEMA CON EL MODELO. Pinochet, los Chicago boys y la Concertación son responsables de esto. En Francia, la salud y la educación son gratis; no te puedes inscribir en un colegio que no sea de tu barrio y la educación pública es la mejor del país. Eso quiere decir que la hija de la chica que te hace el aseo va al mismo colegio que tu hijo. Chile es incomparable. Allá el sueldo mínimo es 1.300 euros… para arriendo y comer, no tienes otros gastos”.
—¿Cómo quedó su panorama laboral después de la muerte de Raúl?
—Hay un vacío, que es normal. La noche de enfrente tiene un humor que te hace recordar a Raúl sonriendo, sin pena. Es una película que da ganas de vivir. Hasta ahora me ha ido muy bien. Acabo de estrenar Las chicas de la sexta planta, que ha llevado más de 3 millones de espectadores y donde actúan Fabrice Luchini, Carmen Maura y Lola Dueñas, bajo la dirección de Philippe Le Guay. Una comedia sobre las españolas que eran las empleadas domésticas de los franceses en la época de Franco. Con Le Guay estoy haciendo otra película y ahora grabaré la música para un filme de Nicole García.
—Usted es el músico chileno que ha compuesto más en la historia del cine. ¿Cómo le llegan estos homenajes?
—El hecho que haya realizado un trabajo de calidad con Raúl ayudó a que trabajara con otros 30 realizadores para 142 músicas de películas… Los homenajes, a estas alturas, creo que ya era hora de hacerlos. Se tardaron un poco. A mí ni siquiera me han dado ni un Altazor, ni una huevada.
—Son 46 años afuera…
—Eso pasa porque en este país están llenos de farándula. La televisión es pésima. De hecho, las películas de Ruiz las pasaban a la una de la mañana… Yo sé que me van a preguntar si me acosté con la Carolina de Mónaco, porque me sucedió. Es para cagarse de la risa… Me parece normal que no se hayan interesado antes en mí.