Un signo de interrogación tiene que haberse puesto sobre las cabezas de buena parte de la audiencia, cuando a última hora, recién en enero, se confirmó que Jamiroquai estaría en el Festival de Viña del Mar.

La razón no debe haber estado ni en la calidad ni los pergaminos de los británicos, sino en la carga que el evento había evidenciado en relación con el número estelar de su día anglo: Que ése debía ser un espacio reservado a figuras señeras, con décadas y más décadas de trayectoria sobre sus hombros, de modo tal que su sola presencia en la Quinta Vergara representara una suerte de medalla en la parrilla. Así fue con Sting, Rod Stewart, Elton John y otros del último tiempo.

Pero este jueves 22, en la apertura de la tercera noche de Viña 2018, la banda que tiene en Jay Kay a su figura excluyente demostró que no es necesario contar con un punto de partida en los 70 o antes para hacer buen uso de ese lugar.

Primero, porque la “audiencia televisiva”, siempre entendida como un público más bien adulto, se renueva por propia naturaleza. Los jóvenes de los 90 hoy bordeamos los 40, y la posibilidad de gastar una noche pegados al Festival de Viña del Mar es y será cada año más posible. Nuestros próceres, también pueden encontrar un lugar en el saco de la siempre efectiva nostalgia.

Pero además de ese factor finalmente estratégico, está el que nunca dejará de ser el más relevante: Que para dejarnos a todos felices y satisfechos, basta con tener un espacio bien ganado en la historia del pop, mantener la calidad, y ser capaz de llenar una hora y media con éxitos. Hablemos de la época que hablemos.

Jamiroquai tiene todo eso y de sobra. Los británicos demostraron que su relectura del funk dio con la fórmula perfecta como para entrar en la estantería de los productos “no perecibles”, con temas que caen invariablemente parados desde los 90 hasta hoy. La prueba pudo haber estado en las piezas del reciente “Automaton”, de influencia electrónica mucho más marcada, pero canciones como “Travelling without moving” y “Cosmic girl” también dieron cuenta de un poderío en la pista que no sabe de envejecimiento.

Sonido sin baches y ejecución sobresaliente completaron la receta del proyecto de Jason Kay, un hombre con primeras señas de envejecimiento en su voz y figura algo más gruesa, pero con groove intacto. Con eso, a los británicos les bastó y les sobró para cuajar el que hasta ahora es el mejor número del Festival, pergamino que difícilmente perderá en las tres veladas que le restan al evento.

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