El mundo está bullente, y las ceremonias artísticas desde hace rato toman nota de aquello. Los MTV, por ejemplo, en diversas ediciones se han transformado en epicentro del llamado al voto juvenil (o, más bien, anti republicano), mientras que los Oscar y los Globo de Oro han llevado la batuta en lo que a igualdad de género se refiere. Donald Trump es otro nombre que ha asomado como destinatario de más de un discurso en veladas cinematográficas recientes, donde también se ha visto cómo el tema racial ha terminado por instalarse en las agendas.

Con todo ese recorrido, el Grammy no podía ser menos, y fue así como la noche de este domingo 10 de febrero se llevó a cabo una ceremonia cargada de mensajes y simbolismos. Desde la elección del anfitrión, rol que venía desarrollando con éxito James Corden, el británico del “Carpool Karaoke”, cuya efectiva dosis de comedia fue sacrificada en pro de la significativa presencia de Alicia Keys. Con ella el rol estelar no sólo volvió a las mujeres, sino además a una que se ha transformado en icono del alzamiento contra los estereotipos dominantes de belleza.

Una buena dosis de feminismo, entonces, reforzada luego con un arranque a cargo de Keys, Jennifer Lopez, Lady Gaga, Jada Pinkett Smith y la aplaudida Michelle Obama, quien por segundos transformó al Grammy en un auténtico mitín. Lo mismo con los homenajes, este año dedicados a mujeres tan potentes como Aretha Franklin, Diana Ross y Dolly Parton, cuyo tributo fue inmensamente más lucido que el de las otras dos divas.

Yendo a los galardonados, éste no fue un año para titular de manera rotunda con un “gran ganador” de la velada. Cuatro fue el máximo de trofeos acaparados por un mismo artista, y uno de los que lo consiguió fue Donald Glover, quien desarrolla su faceta musical con el seudónimo Childish Gambino. El norteamericano no estuvo presente para recoger sus gramófonos por grabación del año, canción del año, mejor actuación de rap y mejor video, pero su sola mención ya fue leída como otro mensaje por parte del mundo de la música.

Porque “This is America”, el tema galardonado, se elevó como uno de los cortes obligados del año 2018, no sólo por su temática alusiva a la violencia racial y a la patológica proliferación de tiroteos en Estados Unidos, sino también por un videoclip que grafica con inusitada crudeza aquellas realidades.

La otra gran ganadora fue Kacey Musgraves, también con cuatro trofeos. La cantautora se impuso prácticamente en todas las categorías orientadas al country, pero con el Grammy al álbum del año ratificó las buenas críticas conseguidas en la temporada anterior y su salida definitiva al mundo, luego de una década sumergida en el gran nicho del Estados Unidos profundo. Con “Golden Hour”, el disco en cuestión, la texana se atrevió a hacer un leve pero significativo ajuste, que hoy le permite sonar en las más diversas latitudes.

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A nivel de shows, mención destacada para Janelle Monáe, quien sin excesiva parafernalia, sino que releyendo la combinación eterna de música, baile, vestuario y actitud, logró subir varios niveles por sobre la media de la noche, hasta terminar de instalarse como un nombre que debe ser atendido de aquí en más.

 En la apertura, en tanto, Camila Cabello aprovechó toda la parafernalia existente, para configurar un paso que, más que girar en torno a sí misma, vino a timbrar el desembarco latino. La ex Fifth Harmony, nacida en Cuba, acudió a un tema que expele espíritu isleño como es “Havana”, el que además complementó con la presencia de Ricky Martin y J Balvin cantando en español.

Si el año pasado el “Despacito” fue la exótica señal de que algo estaba pasando en el mundo con los sonidos de Latinoamérica, lo de ahora fue la apertura de puertas total: La estética de esta región continúa con los bonos al alza, y las dinámicas actuales de la globalización no parecen sugerir otra cosa que un cambio de tintes definitivos. Había que subirse al carro, y el Grammy, por supuesto, lo hizo.