Tratándose de una megaestrella del pop, una edición que rompe un silencio discográfico de diez años será noticiosa, siempre; pero para George Michael el nuevo Symphonica es mucho más que un álbum de regreso. Desde 2004, el hombre de “Faith” pudo haberse retirado de la música. Pudo haber descansado en las ventas récord de las antologías y giras que emprendió en el período. Pudo haber sucumbido a los tres arrestos por posesión de drogas que le complicaron la vida, uno de los cuales incluso lo obligó a cuatro semanas de cárcel. Pero, por sobre todo, Michael pudo haber muerto: así, de un mes para otro y antes de cumplir los cincuenta años, incapaz de imponerse a su cuerpo debilitado. Lo peor de esta década maldita para el cantante fue la neumonía que a fines del 2011 lo agravó hasta el estado de coma. Luego de una traqueotomía y un mes de hospitalización en un hospital de Viena, todo lo que planea, concreta y descubre es hoy, para el ex Wham!, “el regalo de una vida que valoro de otro modo, y en la que ya casi nada me asusta”.

De caídas y resurrecciones, la historia del pop está llena, pero hay algo singular en los particulares vaivenes públicos de George Michael: él mismo los asume con sorprendente naturalidad, sin victimizarse, responsabilizándose a sí mismo cuando corresponde (choques, marihuana, sexo en público), y no armando más drama del que parece digno que ostente quien, mal que mal, tiene el dinero para zafar de casi todo con mucha mayor facilidad que el ciudadano promedio. En ese panteón chirriante de los magnates de la canción, la verdad es que se nos ocurren decenas de figuras más odiosas que él. Sin embargo, advertimos: por muy bien cantado y arreglado que esté —que lo está— Symphonica  no es estrictamente un disco nuevo: hay nueve covers de otros artistas y seis temas suyos que ya conocíamos en trabajos previos. Es material en vivo con ciertas partes grabadas en estudio, y que precede al que debiese ser el real lanzamiento importante de su parte, en el segundo semestre de este año. En otras palabras, un tentempié. Pero su importancia, esta vez, es extramusical: es el disco que demuestra que, de sus más feroces tropiezos, George Michael sigue creyendo que es mejor salir cantando.