Por décadas confiamos en que la sucesión aplicada de grandes éxitos sobre un escenario constituía motivo suficiente para dedicarle noventa minutos de una noche…

Quizá la noticia ya no sea quién viene al próximo gran encuentro musical en Santiago, sino el hecho de que cincuenta mil entradas se vendan en tiempo récord sin que los ansiosos compradores tengan mucha idea de qué es lo que están pagando. Con la espectacularidad de su despliegue y su hasta ahora minuciosa organización, la versión local de Lollapalooza es la plataforma ideal para reflexionar por dónde es que hoy avanza la oferta internacional de la música en vivo en Chile, cada vez más ligada a experiencias emocionales y vínculos de pertenencia social que al cartel estricto de una sucesión de bandas en dos días (29 y 30 de marzo próximos) de multiescenario en el Parque O’Higgins.

Por décadas confiamos en que la sucesión aplicada de grandes éxitos sobre un escenario constituía motivo suficiente para dedicarle noventa minutos de una noche a mirar cómo un sujeto de fama planetaria accedía de pronto a hacer su trabajo frente a nosotros. Es probable que ya nunca más eso consiga ser suficiente.

En su última gira, Björk salió de viaje con instrumentos inventados por ella, un coro islandés de mujeres y hasta una escuela de música para los niños de algunas ciudades a las que arribó. Grupos como Kraftwerk o Primal Scream han ocupado conciertos recientes en reproducir en vivo álbumes completos, prescindiendo así de la norma de repasar su repertorio.

Festivales europeos de prestigio ya asentado, como el Meltdown o el Sonar, diseñan cada año auténticas curatorías musicales, en las que la lista de invitados es menos importante que los conceptos…

Festivales europeos de prestigio ya asentado, como el Meltdown o el Sonar, diseñan cada año auténticas curatorías musicales, en las que la lista de invitados es menos importante que los conceptos según los cuales éstos se incorporan a una determinada mirada sobre el estado actual de la creación y su diálogo con la sociedad. En un país cuyas productoras de conciertos han conseguido legitimar precios de deuda para el acceso a la música en vivo, sería interesante comenzar a distinguir entre todas esas nuevas formas en las que hoy podemos aproximarnos a un concierto: desde la emoción ‘mejoravidas’ o desde el privilegio; desde la pasividad del espectador o la dinámica del participante; desde la curiosidad contagiosa por nuevos estímulos o la sumisión de una exigencia arribista a crédito.