Los que tenemos más de 30 años veníamos pasando colados en esto de la adscripción a una época. Nuestra aversión a la vejez nos transformó en sujetos multigeneracionales, con una pata metida en los 90, otra en los 2000 y otra en esta década que ya inicia su retirada, invadiendo espacios que en períodos anteriores habrían estado monopolizados por veinteañeros (partiendo por los festivales de música).

Debe ser que el paso al mundo asalariado terminó por transformar en nicho y prolongar la vigencia de este grupo crecido con la emergencia de internet, que se dejó conquistar por el presente permanente de la era de la información. Porque a partir de ahí, todo pasó a ser una evolución continua que podíamos seguir llevados de la mano, sin necesidad de asistir a la lenta extinción de una cosa y el lento nacimiento de otra, con las bajas que eso solía conllevar: O te adaptabas, o de un momento a otro te encontrabas convertido en pieza arqueológica.

Para evidenciarlo, estaba el desentierro cíclico de décadas anteriores. Después de un período de olvido, el revival intencionado de la industria se encargaba de recordarnos cómo eran esos años, apelando sobre todo a estética y sonido. Pasó en los 90, por ejemplo, con la apertura de una ventana hacia los 70: “Stayin’ Alive” regresó firmada por los británicos N-Trance, KC & The Sunshine Band volvió al número uno con un megamix de ascendencia eurodance, la banda sonora de “Pulp Fiction” puso nuevamente de moda al funk, y los cuellos largos y las patas de elefante regresaron en gloria y majestad a los closets. El look completo, en tanto, se transformó en caricaturesco disfraz: Una peluca afro, lentes y un atuendo tipo Tony Manero, permitían salvar (y todavía) en cualquier fiesta del tipo.

El mensaje para los que vivieron esos años era claro: Son pasado; la construcción del presente y el futuro ya no les pertenece.

Pasó antes con los 60 y luego con los 80, pero los 90 estaban permaneciendo relativamente a salvo. Tal vez por la atemporalidad o poca elaboración que aparenta haber tras una camisa abierta con una polera debajo, o un buzo sintético de aspecto usado. O quizás por ese presente permanente determinado por la tecnología, que hizo innecesario desenterrar a Pearl Jam, Red Hot Chili Peppers, Blur o Pulp, ya que nunca les permitimos irse.

Pero para darnos un baño de realidad, apareció Bruno Mars. No su figura, a estas alturas transversal, sino su más reciente video, para la canción “Finesse”. Allí, el cantante y la rapera Cardi B se visten con los ropajes que el rap y el house de inicios de los 90 se encargaron de masificar, gracias a iconos como Salt-N-Pepa, C+C Music Factory, Kris Kross y “El Príncipe del Rap”, entre tantos otros. Así, los colores se mezclan con el jeans gastado, las argollas enormes combinan con los jockeys, y los pantalones tienen un ajuste inversamente proporcional al de un pitillo.

La factura, en tanto, es una réplica fiel de la de esa era, con precarios estudios de paneles monocolores, tarimas y focos de haces visibles, en los que transcurre toda la acción.

La actitud de los intérpretes mezcla el homenaje con la parodia, tal como sucedía antaño con el viejo ejercicio de desempolvar épocas, hasta terminar de fraguar un mensaje que, para quienes fuimos testigos directos de esos años, es claro como el agua: Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos; las nuevas generaciones nos ven como antigüedad. Pasamos largo tiempo pretendiendo otra cosa, pero no hay nada que hacer: Se nos vino el viejazo, amigos.

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