Podría parecer que fue ayer que Fernando Milagros estaba sacando un primer disco de su vida con el título de Vacaciones en el patio de mi casa en 2007, pero no es cierto. Es más bien al contrario, y más allá incluso de la coincidencia de que en 2017 se estén cumpliendo diez años exactos de ese estreno.

En realidad lo destacable es que tras una década completa tan bien empleada por este cantante chileno en describir una de las mejores trayectorias de su generación, sí persistan rasgos que remitan fieles a un inicio como el de ese disco de hace diez años, grabado con un puñado de tres guitarras y que en efecto parece hecho en el patio de una casa, ahora que el patio −el sonido− de Fernando Milagros bien se parece a un paisaje latinoamericano tanto más extenso, justo como se ve traducido a imágenes en las tomas aéreas, amplias, espaciosas, expandidas del clip de su reciente canciónDespierto”.

Ese rasgo persistente de identidad de Fernando Milagros es ser elemental. Era natural serlo cuando al inicio del camino el equipaje era austero: lo llamativo es seguir siéndolo aunque luego aparezcan recursos mayores. Entre esos recursos Milagros suma la experiencia de cinco discos, desde aquellas vacaciones en el patio de su casa seguidas de Por su atención gracias (2009), San Sebastián (2011), Nuevo sol (2014) y su actual Milagros (2017).

Luego está la producción del nuevo disco, impecable en orquestar múltiples sonidos de cuerdas y teclados junto a elegidos timbres de trompetas y acordeones y a percusiones que hace rato dejaron atrás los límites del rock, así que hasta el ukelele o el ritmo de reggaetón en modo manual que se oyen en “Nube blanca” dejan aquí de ser lugares comunes. Pero es una producción en función de las canciones: puesta al servicio de arreglos contenidos, despojados incluso, cuando muchas veces el sonido del disco se resuelve en la pura combinación entre guitarra acústica y percusión; o cuando Milagros suena ritual en “Abrí” e insistente e hipnótico en “La bomba”; o cuando en “Un espíritu” dice Aquí danzamos a la llama / Al compás de mi tambor antes de un coro que suena tribal; o cuando en “Todo lo que sé” agrega Todo lo que sé / es lo que aprendí del hambre antes de invocar otro coro esta vez casi chamánico sin salir jamás del mismo tono.

Fernando Milagros ya dio muestras lúcidas de interés por estrechar lazos latinoamericanos al convocar en la canción “Puzzle” de su disco previo a Rubén Albarrán, de Café Tacuba. Ahora supera además la producción pop de ese disco porque extiende la búsqueda también al sonido, de modo que “Abrí” suena muy bien a continación de “El aparato” que los mismos Café Tacuba grabaron en 1994, tal como el ritmo entre bahiano y reggae de la explosiva “Marcha de las cadenas”, que sí suena eléctrica y electrizante, es de lo más sensacional del disco, aparte tan política como una lista de invitados que incluye a compañeros de generación como los peruanos Kanaku y el Tigre, los colombianos Diamante Eléctrico y los mexicanos The Chamanas junto a un niño de tez morena llamado Mario Paiva Gudiel en el clip de “Marcha de las cadenas” si hay que romper más fronteras. Que es lo que hay que hacer.