La música popular es en parte como un parque de esculturas, y las estatuas están ahí para contemplarlas, no para exigirles sorpresas. Aretha Franklin (72) era hasta hace poco una de esas estatuas, quieta en el aporte acumulado por su voz única en las más o menos dos décadas que van desde “I never loved a man (the way I love you)” a “Freeway of love”, los bordes de una sucesión de éxitos incontestables, esenciales en la tradición del R&B y el soul, suficiente para marcar al siglo completo. La estatua se ha meneado, sin embargo. El nuevo Aretha Franklin “Sings the great diva classics” es un disco mejor de lo que esperábamos: más vivo, más fresco, de producción dispareja pero dirección firme. Diez covers de grandes éxitos popularizados antes por mujeres (de Gloria Gaynor a Sinead O’Connor, de Diana Ross a Adele), que la nativa de Memphis canta fuera de la norma esperable, con ingenio y sazón.




Aretha Franklin responde preguntas en Twitter. Quién lo hubiese pensado. Su figura portentosa se ancló a una época, y la cabeza impone un cierto reacomodo para recordar que la cantante está aún activa en el mundo de redes digitales y discos por streaming. Un mundo en el que ya es difícil esconder intimidades. Respect, la biografía que hace un par de semanas publicó David Ritz, revela que a los catorce años la cantante ya tenía dos hijos de padre no identificado (su primer embarazo fue a los doce años), que un poco más tarde se veía obligada a esconder las marcas de los golpes que le propinaba su primer marido, y que su peso en yo-yo ha sido una de las luchas incesantes de su vida (aún más dura que aquella contra el alcohol, que sí conquistó). “No soporta compararse con otras cantantes. El éxito sucesivo de Roberta Flack, Diana Ross o Barbra Streissand la ha devastado”, afirma Ritz en el libro. No tiene por qué compararse. Su figuración ya está fuera de cualquier amenaza. En marzo pasado, nada menos que Barack Obama la destacó en plena Casa Blanca como un símbolo de las conquistas afroamericanas, “y más tarde también de todos quienes se sentían marginados por cómo lucían o a quién amaban. Al final, todos querían lo mismo”. Y eso es lo que Aretha deletrea como nadie: “R-E-S-P-E-C-T”.