Enfundada en unas delicadas y altas sandalias, caminó a paso decidido hacia el escenario, mientras el anunciador la presentaba como la “estrella más brillante de la escena del jazz”. Una vez arriba, comenzó a mover sus largos y delicados dedos por las cuerdas del contrabajo. En un instante, la sala se llenó de una suave y sofisticada melodía. Su voz inundó la atmósfera de la Casa Blanca.

En primera fila, el recientemente electo Barack Obama junto a Michelle, el cantante Stevie Wonder y la gran mayoría de los políticos más renombrados de Estados Unidos la observaban hipnotizados. Más tarde confesaría que estaba muy emocionada de actuar frente a su presidente; que esa noche pensó en cuánto se había avanzado desde la década del 60; que un mandatario afroamericano era un hito dentro de la historia del país y que ella estaba ahí para honrar ese logro. Con apenas 24 años, Esperanza Spalding cantó y encantó a los asistentes a los festejos de la ascensión de Obama a la presidencia. Y para nadie pasó inadvertida.

Pese a esa actuación y a los tres Grammy que ha ganado en su meteórica carrera —con el agregado de ser la única jazzista en recibir ese galardón—, Spalding está lejos de creerse en la gloria. “Hay días en que me siento exitosa y otros en que definitivamente no. Entiendo que el aprendizaje de la música es un proceso que podría durar varias vidas.
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Así es que cada noche evalúo si ese día fui o no exitosa. ¿Aprendí algo? ¿Estuve enfocada? El éxito es superar los desafíos que se te imponen diariamente”, dice en una entrevista telefónica con CARAS, a un par de semanas de viajar a Chile para presentarse en el Teatro Nescafé como parte del Festival Santiago Fusión.

Desde Nueva York, donde vive, recuerda el episodio en la Casa Blanca y explica que no admira a Obama, sino a lo que él representaba cuando llegó a la presidencia. “Lo que hay detrás de la gente que votó por él. Yo admiro a quien trabaja todo el día para mantener a sus niños, al que gana poco, al que vive en un mal barrio, pero que pese a todo se hace un tiempo para hacer música, para compartirla con los amigos. Admiro a quien saca fuerzas para crear”, expone con paciencia.

Lo que hay detrás de la gente que votó por él. Yo admiro a quien trabaja todo el día para mantener a sus niños, al que gana poco, al que vive en un mal barrio…

Tiene ancestros latinos, lo que explica su nombre. Su color de piel y frondosa cabellera provienen de su padre afroamericano. Sin embargo, fue su madre de ascendencia irlandesa-española-nativa americana quien la introdujo en el mundo de la música. Una canción para despertar; una melodía para almorzar; una composición para dormir. Todo el día y a toda hora la madre de Esperanza hacía música para acompañar cada una de sus rutinas.

Gracias a ella descubrió al cellista Yo-Yo Ma, en una aparición que hiciera en el programa Plaza Sésamo. No tenía más de cinco años entonces, pero la música era su territorio. Acostumbraba a sentarse bajo el piano de la sala en que su mamá tomaba clases de guitarra. Escuchaba atenta las melodías que su madre ejecutaba, para una vez en casa repetir los acordes de forma perfecta. A los pocos meses, tocaba el violín de forma autodidacta e ingresaba a la Cámara de Música de la Sociedad de Oregon, donde se mantuvo por casi 10 años.

Con todo, la infancia de Spalding fue difícil. Creció en un barrio de los márgenes, un “ghetto”, en sus propias palabras, sin más apoyo que el de su madre que debía trabajar para mantener el hogar. Las precariedades de su vida pudieron llevarla a abandonar la música, siendo una adolescente, pero una conversación con el músico Pat Metheny lo impidió.

“Un día, llegó al estudio y me dijo: ‘Todos los días conozco a músicos buenos, pero puedo decir que tú tienes algo. Si realmente trabajas duro, puedes llegar tan lejos como quieras’. Eso fue como una revelación para mi”, cuenta.
Cuando la música clásica no fue suficiente, incursionó en el blues y en el hip-hop y se ganó un espacio incipiente en los clubes nocturnos de la ciudad. Como su madre, comenzó a escribir sus propias canciones, en las que había vagones rojos, juguetes y otros motivos infantiles. “Nadie sabía muy bien de qué hablaban las letras, pero les gustaba el sonido, las melodías. Se las devoraban”, recuerda.

Un día, llegó al estudio y me dijo: ‘Todos los días conozco a músicos buenos, pero puedo decir que tú tienes algo. Si realmente trabajas duro, puedes llegar tan lejos como quieras.

En el 2006, Spalding lanzó Junjo, su primer álbum como solista. Y dos años después sacaba una nueva placa que tituló Esperanza, con la que entró en órbita internacional. En 2010 editó Chamber Music Society, y en 2012 Radio Music Society, que le significó ganar un lugar de privilegio entre los amantes del jazz.

Hoy muchos la califican como ‘La nueva esperanza del jazz’, pero ella disiente de ese apelativo. “No entiendo cuando la gente se refiere a mí de esa manera. La nueva esperanza del jazz es una categoría que debiera involucrar a todos los que tengan relación con él. Pienso que se acerca más a lo que hace el tipo de New Jersey, al que nadie conoce y que se levanta cada mañana para enseñarle con paciencia —y probablemente mal remunerado— qué es esta música a un grupo de niños. El sí que es la esperanza del jazz. El y todos los que en condiciones adversas y con esfuerzo luchan por mantenerlo vivo. Sé que la nueva esperanza del jazz puede ser un buen titular, pero eso no hace que sea realidad”, recalca.

Para Esperanza, la música es un lenguaje que permite moverse por el mundo, sin necesidad de un idioma. “Es casi como si habitaras un país en el que no necesitas palabras para comunicarte, donde todos se entienden porque están unidos por una misma hebra. Es un lugar acogedor, desafiante y muy satisfactorio. Este es un oficio en el que no hay un secreto. Sólo hay que trabajar, darse el tiempo. Es casi milagroso lo que produce la práctica. Siempre te entrega buenos resultados. Lo mejor de todo es que no importa lo que pase, lo que aprendas será tuyo por siempre. Con la música tendrás una vida llena de diversión, compañerismo, autodesarrollo y autocontrol. Te transformarás en un maestro de tu propio destino”, explica.

Con la música tendrás una vida llena de diversión, compañerismo, autodesarrollo y autocontrol.

Quién sabe si esta venida a Chile estaba escrita en algún lugar. Lo cierto es que sus seguidores la esperan con una cuota de ansiedad. Ella, por su parte, está tranquila, con esa paz que suele acompañarla: “Voy con los brazos abiertos, sin ninguna expectativa. Voy a disfrutar y a agradecer a quienes compraron un boleto para verme”.