Son las cuatro de la tarde y de un taxi desciende la madre de Gustavo Cerati. En una escondida y poco transitada callecita del barrio Belgrano, la clínica Alcla recibe a Lilian Clark religiosamente todos los días. Antes de subir los tres escalones de la entrada, se detiene, respira hondo y toma valor. Un doloroso ritual al que acude incansablemente con la fuerza que le da la esperanza. Saluda al guardia y a los empleados de limpieza que le sonríen amablemente, para luego desaparecer por los pasillos en busca del ídolo dormido.

Afuera dos hombres alcanzaron a entregarle una carta de aliento, mientras el mural hecho por los fanáticos permanece como silencioso testigo del dolor. “Fuerza Gus”, “nuestro niño dormido no se da por vencido”, “fuiste, sos y serás lo que me hace más feliz” o “cada día que pasa, es un día menos para que vuelvas”, son algunas de las desgarradoras frases que alimentan la inagotable fe de sus seguidores. Hay incluso alegorías a las letras de sus más famosas canciones a modo de profecías musicales. En algunos carteles se puede leer “te veremos volver en la ciudad de la furia” o “va ser mejor que te levantes de una vez” de su bailable Te hacen falta vitaminas.

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Días antes de cumplirse dos años del accidente cerebrovascular sufrido por el artista en Venezuela, algunos fans se juntaron a remodelar el mural desgastado por el paso de los meses. Querían reafirmar el pacto de lealtad con su ídolo y darle una señal a su madre de que no la iban a abandonar en la lucha.

Así lo han hecho durante estos 24 meses. Se juntan cada tanto en el emblemático planetario de Buenos Aires, allí donde se filmó el videoclip de Zoom, para cantar, rezar y reunir fuerzas. Organizan cadenas de oración que se repiten en todo el continente, se ponen de acuerdo para escuchar el mismo tema a la misma hora y realizan multitudinarios recitales con la presencia de bandas tributo a Soda Stereo.

El último parte médico, dado como es habitual en fechas emblemáticas, no entregó mayores novedades acerca del estado de salud de Cerati. Palabras más, palabras menos, todo permanece igual. “Gustavo sigue internado manteniendo un estatus neurológico y clínico estable, con asistencia respiratoria mecánica, en buen estado nutricional y sin ningún tipo de lesiones asociadas, sin complicaciones actuales y bajo el mismo esquema de cuidados y tratamiento multidisciplinario”, dice el comunicado de la clínica.

LILIAN ES CAUTA. En todo momento cuida y elige con precisión sus palabras. Se la ve sincera, lejos de armados discursos. Nadie le maneja su agenda “mediática”. Habla cuando tiene ganas y lo hace con el corazón. Nos avisa que lo que menos quiere es derrochar un falso optimismo que ilusione a quienes esperan la vuelta de su hijo.

“La gente cree que la voz de la mamá puede solamente transmitir sensaciones, pero yo miro monitores, no solamente lo miro a él”.

—¿Y a Gustavo cómo lo ve?

—Gustavo está fuerte, entero, con una cara fresca. No abre aún los ojos, pero esperamos reacciones positivas más adelante. Veo respuestas lógicamente pequeñitas. Esto es lento, pero no va para atrás. Sabemos que es una enfermedad larga y difícil, pero no perdemos la esperanza. Gustavo escucha. ¡Gustavo está! Y mientras él esté, la fe sigue intacta.

—¿Continúa conectado a un respirador?

—Está todavía conectado pero tiene momentos en que respira por sí mismo. Poco a poco. Ese también es un proceso lento en el que hay que ser muy prudentes.

—¿Qué pronóstico le dan los médicos?

—Lamentablemente el cerebro sigue siendo un gran misterio. No se sabe cómo va a salir de esto. Lo importante es que vuelva a ser Gustavo.

—En estos dos años que han pasado desde el AVC, ¿cuáles han sido los momentos más duros y los de más optimismo?

—El momento más duro fue cuando tuvo que ser tratado por una infección hace unos meses. Y lo más reconfortante es la rapidez con que él sale de cualquier proceso difícil. Demuestra que tiene un organismo fuerte decidido a pelearla. No solamente nosotros la peleamos, él también.

—Hace poco se aprobó la Ley de muerte digna en Argentina, en la que familiares de enfermos terminales pueden optar por interrumpir los esfuerzos médicos para mantener con vida a un paciente. ¿Contempla una salida así en el caso de Gustavo?

—Yo no me siento capacitada para hablar de un tema tan delicado, tan personal y que solamente debe ser discutido por gente especializada y por los que están directamente interesados en ese proceso. Es demasiado delicado. Pero no está Gustavo en esa situación como para se me haya atravesado por la cabeza semejante cosa, no sé si lo haría tampoco. Mi hijo no tiene muerte cerebral.

—¿De dónde saca fuerzas para sobrellevar estos dos años?

—Yo creo que cualquier madre en situaciones así saca fuerzas, a veces de donde no se tienen, pero se sacan.

“Debo tener la compañía de algún ángel. Lo básico es que soy una persona optimista, no pesimista. Y además tengo que ser fuerte porque están mis hijas mirándome, mis nietos, Benito y Lisa, y yo no tengo por qué aflojar. Porque si no sería traer un problema más a la casa. Eso no me lo puedo permitir. Mientras Dios me dé salud, ahí voy a estar”.

—¿Cómo lo vive desde el plano espiritual?

—Sigo haciendo lo que yo siempre digo: poniendo los pies en la tierra con la ciencia y la mirada en el cielo para pedir que Dios nos dé una manito. Creo que lo está haciendo junto a la energía que nos manda tanta gente. Casi diría que es un movimiento religioso, cadenas de oraciones y todo lo que se puede hacer espiritualmente por él, se hace. Y eso, creo que va a dar sus frutos.

—¿Quiénes acompañan en la intimidad a Gustavo?

—No soy sólo yo. Son mis hijas, los hijos de Gustavo y los amigos directos de él. Los que nosotros sabemos que Gustavo quiere que estén a su lado vienen. Le hablan, le cantan. Pero solamente los seres que yo sé que él aprecia y quiere.

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—¿Cómo recibe el apoyo de los fanáticos?

—A pesar del tiempo transcurrido, a mí me parece a ratos una eternidad, y otras veces me pregunto cómo puede ser que ya hayan pasado dos años. Sin embargo, ellos siguen ahí. Me llama la atención la cantidad, porque lógicamente hace mucho tiempo que Gustavo es conocido, pero a este nivel no deja de sorprenderme. Indica que no sólo lo captaron como buen músico, sino también como buena persona que es.

—¿Ha recibido muestras de apoyo de Chile?

—Muchas. Cada dos por tres me llega gente y cartas. No olviden que mis nietos son chilenos. Ha sido muy especial Chile. Siempre ha sido un lugar de mucha repercusión en las actuaciones de Soda y de Gustavo como solista.

—¿Y cómo hace para conjugar el amor por el ‘Gustavo hijo’ y la devoción que genera uno de los principales íconos del rock latino?

—Yo sé que él es famoso, pero cuando viene a casa es el cable a tierra. Cuando él está en Buenos Aires con sus hijos, vienen siempre a comer a casa al mediodía, yo les cocino. Les gusta comer la comida casera. No hablamos de su vida profesional, la pasamos muy bien, somos muy divertidos, nos entretenemos. Yo no le hago notar que él es algo especial y eso él lo necesita también.

Lilian Clark responde nuestra última pregunta hablando en presente, con el recuerdo latente de su hijo compartiendo en familia. Está claro: para ella, Gustavo vive, tanto como la esperanza de verlo despertar.