Algunos le atribuyen a la premiada Searching for Sugarman (2012) haber terminado para siempre con la validez de ese tipo de película que nos contaba la vida de un músico —famoso o no— en correcta y limpia secuencia cronológica. La gracia ya no está en seguir la trayectoria a la gloria, sino en los recovecos que impiden alcanzarla o que al menos le quitan el brillo. Quizás el disparo fatal para ese viejo género de los documentales biográficos impecables vino antes, con la asombrosa The devil and Daniel Johnston y su retrato de un esquizofrénico particularmente creativo que termina siendo adorado por Nirvana. O quizá con Anvil, y su hilarante tributo al fracaso de una añosa banda metalera demasiado orgullosa de su persistencia. U otro montón de cintas que, tras el cambio de siglo, ha preferido aproximarse a la música desde la sorpresa implícita en su pequeña historia y no según el gran (y predecible) relato del éxito. 

Es más fácil cuando se cuenta la vida de un artista de culto, pero ¿cómo sorprender si el protagonista es tan famoso como Nick Cave? El intento de 20,000 days on Earth (ya premiado en Sundance y con fecha de estreno comercial para fines de año en nuestro país) se apoya en tres miniapuestas: 1. Mostrar sólo veinticuatro horas de la vida del australiano pálido y multidisciplinario; 2. Realzar su proceso creativo por encima de los resultados de éste (obviando las menciones a sus premios, sus ventas, sus fans); y 3. Permitir la intervención parcial del propio Cave en el guión (al cual el creador desvía muy ligeramente hacia la ficción), convirtiendo así la película en otra de las obras que hasta ahora delatan la impronta del cantautor, compositor, escritor, actor y productor. 

En la cinta, Cave habla mucho: en su escritorio, frente a un siquiatra y conduciendo un Jaguar (al que en un momento se sube Kylie Minogue). La revelación de este muy peculiar documental de los británicos Iain Forsyth y Jane Pollard no es la de ordenar un pasado creativo acumulado —aquí no interesa el archivo—, sino la de dar pistas del trajín de su estimulante presente. Quizá por eso no hay reseña que hasta ahora no haya incluido el adjetivo “inclasificable”. Un documental estándar, en el caso de Nick Cave, hubiese sido una doble decepción.