Más allá de su figuración publicitaria en estos últimos años, en los que al fin pareció dispuesta a cruzar al mundo de lo televisivo y lidiar con toda su avidez, es innegable que Nicole sostiene hoy un canto firme y dúctil; sin duda, el de mayor oficio entre las vocalistas chilenas sub-40. Si trabajó por años en una suerte de limbo de mercado, su trayectoria es ahora referencia justa para la generación de jóvenes cantantes pop que salen de Chile al extranjero. Cuando trabajar de modo independiente y establecer contactos internacionales se parecía a subir una montaña, Nicole estuvo ahí.

El cauce que ha elegido darle a ese talento la enfrenta ahora a la exigencia de la autoría. En Panal, su nuevo disco, hay más versos sobre su mirada de mundo y emociones que los que se habían acumulado en toda su anterior discografía. Al escuchar estas nuevas canciones la conocemos un poco mejor, aunque eso no necesariamente consiga levantar ante nosotros una artista de identidad distintiva. Nicole hace el esfuerzo por congeniar su gusto por canción sentimental, su ansiedad por sonar contemporánea y su necesidad de dotarle carácter a su trabajo. Panal es un disco de impecable sonido, bien producido por el ocupado Cristián Heyne, que delinea un pop tan cuidado y luminoso como su fino arte de carátula.

Guiado por la expresión sentimental, las canciones abordan esta vez asuntos como su maternidad (Cascabel), los recuerdos de infancia (Baila) y un tributo a su madre hace poco fallecida (Partir). Pero su carácter sucumbe también a veces a la moda, al detallito distractor, al adorno por el adorno. Baila y Astronauta son temas despejados y firmes, y ofrecen el inicio de un camino por el que el paisaje se atisba especialmente interesante. En otros temas se adivinan aún los resabios de una ansiedad juvenil tosca, que atenta contra la precisión de una personalidad artística. En la foto de tapa, Nicole se abandona a una corriente cálida y envolvente. Quizá desde allí, hacia la luz, pueda emerger la cantante adulta que le corresponde ser