Antes de lanzar siquiera una primera idea esta vez, partamos de una base: U2 no necesita que nadie los defienda. Ni aquí, ni en China, ni en ninguna otra parte. En el escalafón de la monumentalidad y la magnitud (que no es necesariamente el mismo que el de la historia y la trascendencia), son la banda en activo más grande del planeta, y un par de críticas no rasmillarán esa condición, que tampoco se verá refrendada por lo que escriba un humilde columnista del sur del mundo.

Pero vale la pena poner el tema arriba de la mesa por una situación que estuvo a punto de volverse estructural: Los de Irlanda, de un tiempo a esta parte, venían siendo objeto de odio parido por parte de una facción de la audiencia. De un momento a otro, se volvió cool oponerse a U2 y a lo que ellos pudieran representar, con momento peak en el año 2014, cuando varios se quejaron de “invasión” a sus cuentas en iTunes, luego de que les apareciera el disco “Songs of innocence” como regalo no solicitado.

Por cierto, todo tiene su base en ciertas condiciones propias del ser humano moderno, y que las redes sociales han llevado al extremo, partiendo por la apariencia: Queremos comunicar algo de nosotros, mostrarnos distintos y especiales. Y en ese afán, qué más elemental que navegar contra la corriente.

Bien lo sabe Arjona. Si hasta hace un tiempo lo cool era encontrarlo vomitivo, la instalación de ese discurso como oficial terminó por poner la opción diferenciadora en el extremo contrario. Así, lo que hoy resulta socialmente más rentable es tener la capacidad de encontrarle una canción buena, y mostrar hastío hacia quienes siguen haciendo gárgaras con sus metáforas, ahora una práctica agotadora y poco original, un lugar común… En fin.

Guardando las infinitas proporciones, U2 pareció experimentar algo similar. En Chile, por ejemplo, se transformaron en un grupo prácticamente transversal en 2006, cuando agotaron 60 mil entradas en apenas dos días. Por entonces, récord absoluto.

Tan grande fue la burbuja, que los reactivos despertaron progresivamente, y con argumentos de toda índole. Desde luego, con una especie de “qué se creen éstos”, siempre extremando la competencia de la parafernalia, como si nunca nada les resultara suficiente. Algo que va de la mano con lo que la banda muchas veces ha proyectado: Una grandilocuencia rayana en la megalomanía, como sabiendo que no existe en el mundo algo más grande que ellos.

Cerca está también la animadversión y desconfianza que en muchos despierta el perfil humanitario. Curioso. ¿En qué minuto se habrá transformado en un problema el anhelar un mundo mejor? Quién sabe, pero a Bono le caen dardos incluso por eso, y no pocos observan con recelo sus constantes reuniones con líderes planetarios y su camiseteo con diversas causas.

Lo lamentable es que ninguno de esos críticos se deje caer en un show como el del reciente sábado en el Estadio Nacional, porque si lo hicieran, probablemente muchos de sus cuestionamientos se esfumarían. Es verdad que, en el papel, todo lo relativo a U2 puede sonar grotesco y mesiánico, pero en vivo se las arreglan para que se vuelva comprensible y justificable.

Se plantan como la banda más grande, pero crearon la encarnación sonora de esa grandeza, y no por nada discípulos modernos han tratado de seguir ese molde en pro de objetivos planetarios, desde Coldplay a Imagine Dragons (pasando por The Killers y Keane). Tienen también los recursos, pero una cosa es tenerlos y otra es saber usarlos. Porque, en el primer caso, su simple exposición termina siendo un fin (¿Madonna?); en el segundo, en cambio, los recursos nunca dejan de ser una herramienta, por apabullantes que parezcan.

La estación chilena de “The Joshua Tree Tour” lo demostró. U2 llegó al Nacional con una pantalla que era una verdadera pachotada (8K de resolución y el ancho de toda la cancha de fútbol), pero que siempre se orientó a la creación de atmósferas pertinentes, en línea con el espíritu de cada canción.

Ese afluente, más el de la música y las ideas fuerza de Bono, terminan por consolidar un caudal que traduce todo en asombro, algarabía y conmoción, reacciones naturales e instintivas ante una fuerza aplastante e inasible, o ante la certeza de estar siendo partícipe de una circunstancia excepcional e irrepetible.

Y quizá eso, si hablamos de música y conciertos, pueda ser la legítima grandeza: Lograr que la enormidad converse de frente con cada espectador, y que no se quede sin más en lo alto, en un plano tan ajeno que hasta pueda no importarnos. Demostrar in situ que esos afanes pueden no ser simple pretensión o circunstancia, sino también una suerte de misión, que muchos se han querido colgar, pero que pocos han sabido asumir.

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