Elton John (69) viene a Chile y con su gira arrastra un pedazo de la historia del siglo XX. Cuando sus fans repleten el Movistar Arena el 10 de abril no sólo escucharán su último disco Wonderful crazy night, en un show que también trae al músico estadounidense James Taylor. El público además se enfrentará con un pasado —para algunos Historia, para otros ‘su’ historia— que se remonta a la Inglaterra de posguerra donde nació un músico que siempre mendigó la aprobación de su padre y entró becado a la Royal Academy of Music para descubrir que lo suyo era el rock o ‘glam rock’, según los especialistas.

“Eran tiempos duros”, le decía su madre. El no lo aceptó y se reinventó para llegar a la cúspide en 1973 con su álbum Goodbye yellow brick road que incluía el sencillo Candle in the wind dedicado a Marilyn Monroe, aunque en realidad servía para retratar la partida o caída de cualquier actor, cantante o celebridad; esas criaturas que también se enferman y mueren, incluso de una forma tan violenta que en 1997, en el funeral de su amiga Lady Di , interpretó la canción con el ataúd cerrado para no dañar el mito.

En la abadía de Westminster, cambió Goodbye Norma Jean por Goodbye England’s Rose, pero también entendió que un día su propio nombre podría inspirar la letra. Después de todo, hace un mes había sido asesinado su gran amigo, el modisto italiano Gianni Versace, y él mismo ya había pasado por una clínica de rehabilitación por consumo de alcohol y drogas.

Su participación en el adiós de Diana fue visto por millones de personas y luego fue nombrado caballero de la Orden Británica. Sir Elton John, había sido ungido con la espada de los nobles, pero él seguía sintiendo el vacío de A single man y podía gastar 270 mil libras esterlinas en flores. Hasta que apareció su propia Yoko Ono y hoy dice que no quiere morir sentado al piano.

Como un tipo cambiado, describen los medios al cinco veces ganador del Grammy cuando lo entrevistaron a propósito de su 32º álbum de estudio que lo trae de regreso a Chile. Elton John ya había declarado a Rolling Stone Magazine que Wonderful crazy night es ‘un álbum feliz’ por la sencilla razón ‘de que nunca antes había sido más feliz’.

El disco, que debutó entre los top ten en el Reino Unido, será presentado en Movistar Arena junto a grandes éxitos de su medio siglo de carrera que incluye un Oscar por su participación en la banda sonora de El rey León. El público chileno obtendrá así tanto una descarga de nostalgia como de novedad que —paradoja— lo lleva de regreso a la música medio disco y medio pop de los años setenta.

Su álbum anterior fue más introspectivo, con más teclado, quizá porque David Furnish (54) ya había aparecido en su vida y proyectaba un futuro feliz que tuvo sus resultados en las guitarras de Wonderful crazy night.

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John se casó con el director de cine canadiense en 2014 en un proceso que siguió a la unión civil de 2005. Muchos acusaron a Furnish de ser la Yoko Ono del autor de ‘Sacrifice’, pero el músico dice que, de ser así, “(David)lo hizo en mi nombre”. Lo concreto es que el cineasta le ordenó las finanzas y también la vida al punto que decidieron agrandar la familia.

Primero intentaron adoptar a un niño ucraniano de un orfanato para enfermos VIH (la gran causa del artista es su fundación para ayudar a quienes padecen Sida), pero las autoridades los consideraron demasiado viejos… o demasiado gays.

Finalmente —en lo que considera la mejor decisión de su vida— recurrieron a una madre sustituta y donante de óvulos para tener a sus hijos Zachary (6) y Elijah (4). “Antes de los niños, sólo teníamos nuestras vidas y gastábamos dinero porque no teníamos en nada más que enfocarnos”, dice a propósito de sus excesos en casas, yates y obras de arte al punto de que sus colecciones de fotos son exhibidas en el Tate y muchas piezas fueron subastadas dentro del nuevo orden económico que impuso su pareja.

La idea de Furnish es que John esté sólo unos años más en los escenarios para luego disfrutar más tiempo en familia. Pero no todas las notas de esta canción son felices.

En 2016 lo golpeó fuerte la muerte de David Bowie, a la que se sumó la partida del actor Alan Rickman y, como un tiro de gracia, de su gran amigo y colaborador artístico George Michael: “He perdido a un amigo amado, el alma más bondadosa y generosa. Un artista brillante”, escribió todavía en shock.

Todo esto trajo de vuelta la consciencia de la propia mortalidad que lo tiene hoy trabajando junto a Furnish en los detalles de su testamento que, además de una fortuna estimada en 200 millones de libras esterlinas, pretende transformarse para sus hijos en un legado sobre una forma de vivir. Realista, lejos de las pelucas con piedras preciosas: “Por supuesto que deseo dejar a mis hijos en un buen pie financiero, pero es terrible dar a los niños una cuchara de plata. Eso arruina sus vidas”.

Warren Buffett, uno de los hombres más ricos de Estados Unidos, es uno de los ‘modelos’ de herencia que la pareja está estudiando y que consiste en dejar a la descendencia sólo el dinero necesario para una casa, un auto y sus necesidades básicas cubiertas. Cualquier gusto que vaya más allá, como puede ser un jet privado, deberán ganarlos ellos mismos.

Elton John también nombra a Sting como inspiración: “Pienso que lo que dice sobre su fortuna (‘es como albatros rodeando sus cuellos’) es correcto. Vengo de una familia de clase trabajadora, nací en una casa fiscal y gané cada cosa gracias al trabajo duro y esa es la forma en que ellos deben hacerlo también”.

Zachary y Elijah —sigue— hacen sus tareas domésticas, desde levantar los platos hasta ordenar sus piezas, por las que obtienen una estrellita en sus libretas. Casi como todos los niños; casi como todas las familias.
Eso sí, además de las pizzas con piña de 12 libras esterlinas que comparten en familia —hoy su mayor extravagancia—, de vez en cuando no resiste comprar unas pocas flores. Sólo para acompañar su felicidad.