En horas de la tarde del lunes, la “noticia” ya estaba en todos los portales que día tras día luchan por ganar la batalla por el tráfico: Un grupo de estudiantes de la Universidad de Los Andes se había transformado en comentario nacional, tras haber interpretado un cover de la canción “Reptilia”, de The Strokes, en una fiesta universitaria.

¿Sonaban mal? Pues al nivel de lo que son: Una banda de aficionados. ¿Hicieron una versión llamativa? En realidad era una réplica de la original. ¿Tenían madera de personaje? En absoluto. ¿Tuvieron algún incidente? No que sepamos. ¿Y entonces? Eso, no mucho más que contar.

Si suena a nada es porque en rigor lo es. Una escena habitual en patios universitarios y escolares, aparece de pronto transformada en tema país. Las excusas para tamaño bullicio no son explícitas, pero se olfatean: Tocan a los Strokes, qué demonios se creen; por qué usan pantalones de gabardina, si ésta es música para chaquetas de cuero; el vocalista es un anónimo actuando como un rockstar, qué le pasa…

Así podemos sumar y seguir, en una dinámica que la libertad de opinión de las redes sociales terminó llevando por los caminos infinitos de un “trending topic”. Y cuando eso sucede, ya sabemos, los nuevos medios electrónicos están ahí, esperando como cardumen la carnada del click, aunque lo que haya caído en el agua no sea otra cosa que un alambre oxidado.

¿Adónde cresta nos llevará todo esto? No sabemos a ciencia cierta, aunque a veces pareciera que a un lugar indeterminado bajo el despeñadero, al cual llegaremos más temprano que tarde, pero con la cara marcada por la hipócrita sonrisa de quien ve algo risible en cada asomo de diferencia.

En fin, vamos por partes.

Incluso dejando a un lado el origen socioeconómico de los propios integrantes de The Strokes, no digamos que hay una apropiación cultural indebida, un abajismo imperdonable o un saludo neomarxista, cuando unos muchachos de la clase alta reverencian a ese grupo en la forma de un cover. Vamos, que no estamos hablando de Sol y Lluvia ni de los Panteras Negras, sino de los Strokes, la banda que a principios de siglo llevó la batuta del indie, un territorio que por entonces era altamente excluyente, desencadenando una herencia que en mayor o menor medida perdura hasta hoy.

No por nada su bastión estuvo siempre en radios que terminaron cerrando por tomarse demasiado a pecho el concepto de “nicho”, ni fueron número puesto en fiestas y locales que siempre explotaron implícitamente las ideas de exclusividad y pertenencia.

¿Pero y qué me dicen de esa forma de bailar del vocalista? Bueno, si el frontman de una banda no se cree el cuento, mejor que se quede en casa. ¿Y qué hay con esos pantalones, esa chaqueta, ese color de pelo? Por favor, no caigamos tan bajo.

¿Y entonces qué? Pues todavía nada. O quizás sí hay algo: El doble estándar de una parcela que se dice progre sólo porque hoy es un bono socialmente rentable, pero que cuando llega la hora de serlo muestra la hilacha totalitaria que sus tuits del día a día intentan esconder. Puestos ante el desafío de aceptar al otro, respetar libertades y reconocer individualidades, sacan su manual del deber ser para aplicarlo a rajatabla, sin ningún tipo de procesamiento, hasta recubrir con excusas vanas sus íntimos afanes de exclusión (sociales, musicales, lo que sea).

Porque, está bien, una cosa es hacer gárgaras con caricaturas como Michael Boys, Axel Kaiser, Tere Marinovic y otros que se la buscan con singular esmero; pero otra muy distinta es pretender que un sujeto aparentemente acomodado, por el solo hecho de serlo, pueda ser objeto de mofa o, peor aun, borrado de la esfera pública. Ni a él ni a nadie podemos incitar a esconderse, meter sus intereses íntimos bajo la alfombra, ni a avergonzarse hasta la eternidad por haber tenido el atrevimiento de gastar sus horas libres en algo tan simple como un hobby.

Comentarios

comentarios