Mientras muchos músicos se atrincheran tras sus partituras esperando la muerte cerebral de los sonidos doctos, un hombre de ascendencia china, nacido en París y de nacionalidad norteamericana se pasea por el mundo junto a su amado violonchelo Domenico Montagnana de 1733 —bautizado como ‘Petulia’— para dar una lección sin querer: la música clásica está lejos de morir.

Algunos lo llaman el diplomático de la música, el antropólogo de los sonidos. Para los no iniciados, Yo-Yo Ma es una especie de Indiana Jones con violonchelo. Aventurero incansable, ha recorrido la tierra entera mostrando desde las notas de Ennio Morricone en La Misión y Cinema Paradiso hasta la música que el mismísimo John Williams le ha preparado. Y de allí salta a los teatros más importantes del mundo o a impresionantes locaciones naturales para interpretar —con maestría y sin rivales que se le acerquen—  la zarabanda de Bach, a Schumann, Cole Porter o un tango de Astor Piazzola. Todo, sin escalas. El señor Ma suda mientras su arco flota por las cuerdas como disparos a la eternidad y sus dedos se desplazan sobre un viejo trozo de madera como levitando. Los que tengan ocasión de verlo en Chile, en el Teatro del Lago el 27 de abril y el 29 en el Club de la Unión, no tendrán más opciones que caer de espaldas, sufrir de un intratable erizamiento de piel o varios minutos de falta de aliento.

MA02Es lo que tienen que esperar los afortunados en escuchar en vivo a una leyenda que partió pulsando las cuerdas a los cinco años y que ya a los ocho aparecía en la televisión estadounidense en un concierto dirigido por Leonard Bernstein. Y es que quienes imaginaban que estábamos hablando de un dinosaurio, están equivocados. El señor Ma, casado y con dos hijos, tiene sólo 57 años, de los cuales 53 los ha dedicado completamente a la música, consiguiendo el año pasado el Premio Polar, considerado el Nobel en la materia.

“Yo-Yo Ma es prueba viviente de que la música es comunicación, pasión y habilidad para compartir experiencias, su virtuosismo y su codescubrimiento por el mundo”, resaltó el jurado que le entregó el premio en Estocolmo por intermedio del rey Gustavo. Un galardón que no pudo celebrar junto a uno de sus grandes amigos, el fundador de Apple Steve Jobs, muerto un año antes. “Una de las cosas que admiro de Steve es su modo de pensar y la manera en que él fue capaz de reunir tantas cosas y darnos algo tan simple y hermoso”, dijo sobre él.

Hermanados en la genialidad con Jobs, Ma es de esos artistas que hace parecer todo simple. Brillando sobre la partitura de una banda sonora para el cine, sobre una bossa nova, tango o un bluegrass; participando en episodios de Plaza Sésamo o con orquestas en diferentes partes del mundo, su misión secreta es educar. Tal como lo hace en su Silk road project, del que es el director artístico y donde promueve el estudio de las tradiciones culturales, artísticas e intelectuales de la antigua ruta de la seda.

“Para ser un gran ejecutante hay que tener un ego muy fuerte. Pero para ser realmente un buen ejecutante tienes que tener certeza de que tu ego no sea el centro de todo, sino que esté al servicio de otra cosa. Para ir mano a mano con Beethoven, debes figurarte quién es este tipo, qué es lo que está haciendo y cómo está codificado dentro de la música. Es entonces cuando te das cuenta de que no eres Beethoven. Mi forma preferida de tocar es compartir, no decir: Mira cuán rápido toco estas notas, cómo domino esa frase”, ha dicho a modo de manifiesto en una de las pocas entrevistas que ha concedido.

Con más de 75 discos, 15 premios Grammy y trabajos junto a otras estrellas como el cantante Bobby McFerrin, Emanuel Ax o el violinista Itzhak Perlman, Yo-Yo Ma es de los clásicos que más vende en la actualidad. Algo es seguro: Eso no es casualidad. Y está de más decir que tenerlo en Chile será un lujo.

“Mucho se ha escrito sobre la muerte de la música clásica. Este es el momento de ser innovador. Cuando las cosas van bien uno se vuelve perezoso. Ser artista es ir hasta el borde y luego retornar”, ha dicho respecto de su vocación, que lo ha hecho moverse por distintos géneros como Pedro por su casa, pero con una humildad y una sonrisa inmutable.